Carnavales: de la festividad a la trasgresión

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    Autor: Fernanda Valdivia Rossel

    Estudiante de Derecho de la PUCP. Miembro del Consejo Editorial de Enfoque Derecho.

    El carnaval es tiempo de libertad, de relajación y sobretodo de celebración. Muchas son las leyendas que hablan de su origen. Algunas hablan de las fiestas paganas en honor al dios Baco, otras lo relacionan con la religión –ya  que su celebración se da días antes de la cuaresma-; pero en lo que todos coinciden es que es una fiesta popular.

    En el Perú, tenemos varias formas de celebrar los carnavales. Dependiendo de la región, se realizan festividades –en su mayoría celebrando a algún santo o virgen–  que involucran a todo el pueblo, y que son acompañadas de grandes bailes. Son generadores de religiosidad extrema, como es el caso de la fiesta de la Candelaria en Puno.[1]

    En la capital, a diferencia de en los pueblos, no se dan grandes festividades, bailes ni tradiciones tan fervorosas como en las regiones.

    Los primeros carnavales en Lima parecían reflejar una ciudad europeizada: sus carnavales eran mascaradas en donde todo giraba en torno a los sentimientos, en el carnaval se cortejaba a las damas. Pero es también en esa Lima llena de elegancia, donde comienzan a haber carnavales diferentes pintura, agua y papel. Más tarde, y a medida que los carnavales iban desarrollándose, se entró en una lógica de prohibición: el carnaval atentaba contra las buenas costumbres.

    Años después, el juego regresó. Ya no se jugaba con agua y pintura, ahora se usaba barro, betún y hasta piedras. Surge entonces una nueva prohibición, debido a los desbandes que se producían. Se regresaba a la época de la elegancia, los disfraces y las máscaras. Todo esto nos envuelve en un círculo vicioso del que estamos felices de participar.[2]

    Si bien existen, aún, manifestaciones de esta fiesta de carnaval –como es el carnaval de Barranco en Lima– existe también el otro lado de la fiesta. Así, al lado de una festividad más organizada, encontramos el juego espontáneo que ha regresado a las calles: el desbande que se producía, regresa fuertemente.

    Nadie duda que esta fiesta sea una clara manifestación de los derechos fundamentales de la persona –entre ellos la libertad de reunión, la identidad cultural y la libertad–; pero ¿qué hacemos cuándo el ejercicio de estos derechos choca con el derecho de otra persona?

    Era el primer domingo de carnaval, y un programa de reportajes dio a conocer la muerte de dos jóvenes en Los Olivos. Fueron atropelladas por un bus de servicio público mientras intentaban liberarse de un grupo de jóvenes que querían mojarlas y bañarlas en pintura. Estas jóvenes tenían todo el derecho de decisión sobre el actuar de este grupo de jóvenes; ¿entonces que paso con esa norma penal que fomenta nuestras libertades?

    Ahora bien, en realidad sí hay normas que clasifican y sancionan ciertos ”actos prohibidos”. Según la Ordenanza No 296-2008/MDJM, actos prohibidos  son aquellos que se realizan, específicamente durante los carnavales, y que consisten en el arrojo indiscriminado de agua, pintura, betún, etc.

    Así, el carnaval requiere ahora, quizás más que nunca, la implementación de la intimidación para controlar a la población. ¿No se supone que el carnaval debe ser desfogue y diversión?

    En Barranquilla, Rio de Janeiro, y hasta en el carnaval de Venecia, el carnaval rememora las más antiguas prácticas de festividad: alegría, desfogue, libertad, relajación. Son semanas enteras donde los pueblos –después de meses de preparación– se paralizan y alegres carrozas pasean por las calles, comparsas y grupos de baile muestran lo mejor de ellos. Y aunque eso se parece a algunos de nuestros carnavales provinciales, ¿qué pasó en Lima?

    Desde el año pasado, tenemos una ley que regula los carnavales: hasta 8 años de cárcel para el que cause lesiones graves a un tercero. Además, este año el municipio decidió enviar 10 mil policías a patrullar la ciudad para velar por la seguridad. La novedad este año: los helicópteros[3](desde las municipales están a la orden del día),

    Es verdad que ésto redujo el número de accidentes en época de carnaval; pero, ¿llegó a intimidar del todo? No lo creo. Aún existen zonas en donde el carnaval se sigue desnaturalizando, quizá hasta sin saber que existen normas que prohíben sus conductas.

    No pretendo decir que prohibamos los carnavales. Es más, la idea de libertad personal, de desfogue, de juego, es única. Lo que intento decir es que si uno juega debe estar consciente con quienes lo hace y no desnaturalizar lo más natural que hay en la persona: la libertad y el juego.


    [1] Aunque Wikipedia no es la fuente más confiable, en este caso ayuda mucho a explicar más el sentido del carnaval. http://es.wikipedia.org/wiki/Carnaval

    [2] http://buscon.rae.es/draeI/SrvltGUIBusUsual?TIPO_HTML=2&LEMA=carnaval

    [3] http://elcomercio.pe/lima/708347/noticia-carnavales-lima-seran-vigilados-tres-helicopteros-policiales

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