¿Nos alcanzará China?

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    La extrapolación ingenua –predecir la continuación de una tendencia– es un instinto humano, probablemente porque lo usual es que el pasado repita al futuro (el sol sale todos los días, el clima de hoy probablemente sea similar al de mañana, y así sucesivamente), así que ha sido un instinto valioso, considerando las condiciones en las que vivían nuestros antepasados miles de años atrás. El instinto se mantiene como una parte muy arraigada de la psicología humana: si el PBI de un país viene creciendo a un tasa de, digamos, 7 por ciento al año por algunos años, suponemos que la tasa se mantendrá, al menos hasta alcanzar un determinado nivel, como lo sería una renta per cápita que supere la de los Estados Unidos. Y esa es la actitud general hacia China; nos sobrepasará, primero en PBI agregado y luego en PBI per cápita; será la nueva América.
    Pero la extrapolación ingenua con respecto a las economías es traicionera, como señala Becker con los ejemplos de Japón y la Unión Soviética, aunque los ejemplos son algo diferentes: Japón crecía rápido, y luego paró; la Unión Soviética ya había desacelerado su crecimiento cuando (en nuestra elección presidencial de 1960, por ejemplo) empezamos a temer que estuviese creciendo más rápido que EEUU. La Unión Soviética entraba a la etapa del estancamiento asociado a los años de Brezhnev.
    China podría ser un ejemplo intermedio. No confío en las estadísticas económicas chinas, así que no sé si su crecimiento sea tan rápido como creemos; pero claramente ha crecido rápido en los últimos años. Becker señala dos grandes obstáculos para que continúe el crecimiento acelerado: su ineficiente sector público manufacturero y su inestabilidad histórica.
    El obstáculo al que yo estaría inclinado en enfatizar es la cultura mercantilista de China. El mercantilismo es la política nacional enfocada en el mantenimiento persistente de una gran balanza comercial positiva destinada a maximizar el empleo y acumular recursos económicos. Cuando las exportaciones igualan a las importaciones, una nación tiene esencialmente un sistema de trueque; no se derivan ganancias netas del comercio exterior. Cuando las exportaciones exceden significativamente a las importaciones, dando como resultado una balanza comercial excesivamente positiva, la nación exportadora recibe importaciones más dinero, en lugar de solo importaciones a cambio de sus exportaciones. China, Alemania y Japón –pero sobre todo China– son naciones mercantilistas, que han acumulado enormes balanzas de moneda extranjera, particularmente dólares norteamericanos, por exportar a EEUU bastante más de lo que nos importan.
    Una característica de los sistemas mercantilistas, incluyendo las tres que he nombrado, es la debilidad de su sector minorista. En el caso de Alemania y Japón, esto se debe principalmente a las restricciones sobre la competencia entre los minoristas. En el caso de China esto se debe a la escasez de tiendas minoristas, un débil sistema de crédito para el consumidor, una deficiente regulación de protección al consumidor, una gran inexperiencia en comercio minorista, una corrupción endémica a todos los niveles (debilitando no solo la regulación sino que también el control sobre los gerentes y otros empleados por los dueños de las tiendas), barreras a los negocios minoristas extranjeros (imaginen la diferencia que haría un Walmart en China), y una distribución al por mayor de muy pobre calidad (debido en parte a problemas de transporte). Es mucho más fácil crear mercados de exportación que funcionen bien que exporten bienes de producción masiva, ya que lo único que se necesita es construir fábricas, de preferencia cerca a puertos para minimizar costos de transporte y demoras, e importar materias primas. Así que el enfoque exportador de los chinos es entendible. Becker señala que el consumo contribuye al PBI en China, más o menos, la mitad de lo que contribuye en Estado Unidos.
    Pero sin un eficiente sector minorista, resulta difícil motivar a los trabajadores en el largo plazo; puede que estén bien pagados, pero no tienen la posibilidad de utilizar su dinero para comprar los bienes de consumo y servicio que ellos quieran. Este fue un enorme problema en la Unión Soviética; es un factor en los muy elevados índices de ahorro en Japón y Alemania.
    China puede, más o menos a su antojo, reducir la relación exportaciones-importaciones, tan solo apreciando su moneda, lo que encarecería sus exportaciones y haría sus importaciones más baratas. Pero el efecto inmediato sería causar desempleo en el gigantesco sector exportador, y los trabajadores de las fábricas tardarían, muy probablemente, muchos años en ser re-empleados por un gradualmente expansible sector de servicios.
    Hasta cierto punto, este ajuste se hará independientemente de la política monetaria china. Mientras los salarios de los trabajadores del sector exportador suban, las exportaciones de otras naciones se vuelven más competitivas, reduciendo las exportaciones chinas, empezando una dolorosa transición a una sociedad de consumo.
    Yo concluyo que los prospectos para una continuación en los índices de crecimiento económico chinos son inciertos.

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