Hacia una libertad más libre

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Este 7 de septiembre se conmemoran setenta años del voto femenino y ello nos lleva a reflexionar brevemente sobre cómo estamos y qué queda pendiente si hablamos de derechos de las mujeres.

Lo lamento, no tengo una visión “flower power” del asunto y me parece tan obvio que siendo seres humanos nos correspondan derechos, que no le veo la maravilla, sin que ello implique desmerecer las luchas que mujeres y también varones, vienen dando desde hace siglos.

Veamos, sendos informes de Naciones Unidas confirman lo que muchas sabemos, que la carga laboral es diferente para varones y mujeres; sumado al  trabajo “productivo” el trabajo reproductivo (cuidado del hogar, de niños y adultos mayores), no remunerado ni considerado verdadero “trabajo” consume en mucha mayor proporción el tiempo y la energía de las mujeres.

¡Ay el útero! Por querer tener hijos o por no querer tenerlos, la situación dista de ser ideal. Los derechos laborales de la mujer que decide ser madre son bastante risibles, la mayoría de los puestos de trabajo no cuentan con una infraestructura adecuada para que la mujer pueda extender la lactancia (guarderías y lactarios) y gozar de su niña/o en una etapa crítica del desarrollo; en pocos lugares se contempla la posibilidad de flexibilizar horarios e institucionalizar el home office, las licencias son breves y para mejor, de los 25 a pasados los 40 años se está en el “cono de sospecha de embarazo” que nos vuelve menos apetecibles a la hora de ser contratadas. Para quienes desean y pueden optar por dedicarse a la crianza exclusiva es alto el precio a pagar cuando se pretende reinsertarse en el mercado laboral.

Pero no desear tener hijos también tiene sus bemoles. En el Perú el tema del aborto es tabú, todavía se está batallando por la posibilidad de interrumpir un embarazo producto de una violación, el acceso a la anticoncepción de emergencia es desigual y segmentado, y se debe seguir avanzando en la educación sexual integral y la lucha contra la violencia de género, incluyendo entre otras la violencia sexual, simbólica, mediática y obstétrica. Aún hoy se sigue mirando con pena o desconfianza a la mujer que decide no tener hijos, como si tuviera algún problema emocional, falla estructural o liso, llano e injustificable egoísmo.

El sexismo laboral y académico sigue siendo un mal endémico, basta ver la lista de CEO’s mujeres, autoridades universitarias, gremiales, sociales o políticas o simplemente las publicidades de los Congresos, Jornadas Talleres, etcétera. A más importante el evento menos cantidad de expositoras mujeres. Ni qué decir de la proporción entre estudiantes mujeres destacadas y profesoras universitarias. Apuntalar la enseñanza de matemáticas en las niñas para que puedan acceder a carreras científicas o técnicas es también una cuenta pendiente.

La publicidad sexista donde los estereotipos más rancios gozan de estupenda salud son un capítulo aparte. La plena aceptación y respeto de los derechos de las mujeres no heterosexuales, trans, lesbianas o intersex es una gran deuda.

Como abogada considero que es mucho el camino que queda por recorrer. Los derechos humanos son amor en acción. Lo bueno es que somos muchas y muchos los que creemos que la construcción de la paz se logra mediante la promoción de la equidad, el amor y la compasión.

Creo que si bien hemos alcanzado logros importantes –si tenemos en cuenta que hemos sido, y en muchas partes del mundo seguimos siendo, objetos, moneda de cambio, cuerpos sin alma- participamos de un sistema social donde hemos ido ganado terreno a la par que responsabilidades sin soltar ni uno solo de los deberes patriarcales, lo que origina que la palabra que mejor nos describe, al menos a muchas mujeres de mi generación, sea “exhausta”.

El agotamiento y la soledad resultan altos precios a pagar por las libertades conseguidas ya que no han venido acompañadas de cambios estructurales que nos permitan disfrutar a cabalidad de ellas. Creo en aprender a dejar de lado las exigencias sociales (ser exitosas, educadas, independientes, bellas y esbeltas, buenas amas de casa, esposas, madres, amantes, deportistas y siempre impecables y de buen humor). Creo en despreocuparse por incomodar a varones de frágiles masculinidades y autoridades varias, dejar de pensar que ser menos inteligente o autosuficientes, o más bellas, nos traería ventajas. Creo en tomarnos el tiempo de armar y promover redes de mujeres esenciales en nuestra vida. Creo que ser mujer vale la felicidad, no la pena.

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Me recibí de abogada con diploma de honor en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ahí también he sido profesora, he participado en investigación y soy Doctora en Derecho. Soy docente, investigadora y consultora especializada en Bioética y Derechos Humanos, y durante caso dos décadas trabajo temas vinculados a sexualidad e identidad. La Bioética me llevó a investigar en Italia y a recorrer América Latina. ¿Mi parte favorita? Los cinco años que viví en Lima y el privilegio de ser profesora de Civil I y de Bioética en mi amada Facultad de Derecho de la PUCP, donde fundé en el 2010 el Observatorio de Bioética y Derecho. Si bien actualmente vivo en Buenos Aires, sigo vinculada a la PUCP como Presidenta del Comité de Ética del Laboratorio de Criminología Social y Estudios sobre la Violencia del CISEPA-PUCP y, por supuesto, ¡con este blog!

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