Enfoque Derecho

Editorial: jugando con el dinero ajeno

repsol

La inminente compra de la refinería La Pampilla (actualmente de propiedad de Repsol) por la empresa estatal de petróleo, Petroperú, pone sobre la mesa el tema del rol empresario del Estado que amerita algunas reflexiones.

En primer lugar, debemos reconocer cuál es el sentido de los derechos de propiedad, de modo tal que logremos diferenciar la propiedad privada de la pública. Esencialmente, un propietario es quien puede usar y disponer de un bien pero, además, puede excluir a las demás personas de hacer lo mismo. De esta forma, cuando uno es dueño de algo tiene el interés en adquirir un bien, disfrutar de sus beneficios y, por lo mismo, de cuidarlo, pues será el único que podrá hacer provecho de este. De ahí la frase que recomienda “cuidar lo ajeno como si fuera lo propio”; lo propio se cuida porque los costos de dejar que se dañe afectan a uno.

Lo mismo ocurre con las empresas. Una empresa se constituye con el fin de obtener la mayor cantidad de utilidad posible, de manera que sus dueños, conscientes de que en el mercado existen competidores ofreciendo a los consumidores el mismo producto,  se esfuerzan por mantener a sus compañías lo más competitivas posibles. ¿Cómo lo hacen? Invirtiendo recursos en que su producto sea mejor que el de su competidor, para que así el consumidor lo elija a uno antes que a la competencia. Como sucede con cualquier cosa que tenga dueño, los empresarios son quienes se encargan de que una empresa tenga éxito y sea productiva por la sencilla razón de que el dinero que está en juego es el suyo.

Algo muy distinto ocurre con las empresas estatales, donde nadie juega con su propio dinero ni se preocupa que la empresa vaya por buen camino. Por el contrario, las empresas públicas funcionan con dinero de impuestos -es decir, con el dinero de todo el mundo salvo de quienes están a cargo de ellas-. Por la misma razón, nadie se preocupa de que ese dinero no se vaya por el caño pues, finalmente, no es el de uno.

Por otro lado, las empresas estatales entran al mercado a ofrecer productos compitiendo con otros privados. Sin embargo, a diferencia de ellos, tienen la “suerte” de ser respaldadas por las arcas públicas. ¿Qué significa esto? Pues que si bien operan, en teoría, del mismo modo en que lo haría un empresario privado (ofrecen un servicio y cobran a cambio), el resultado de su gestión no afectará, en términos prácticos, la situación de la empresa. Si a una empresa privada le va mal porque no consigue atraer a consumidores, tiene dos opciones: o mejora sus servicios para que las personas quieran adquirir sus productos, o quiebra y desaparece. Si a una empresa pública le va mal, y pierde clientes y dinero, puede seguir operando indefinidamente porque la respalda las arcas del Estado. Ante eventuales pérdidas, la empresa pública no quebrará sino, más bien, será subsidiada por el Estado con dinero de todos los contribuyentes para que continúe operando -y generando más pérdidas-.  Y, como saben que no tienen que temer la bancarrota, las empresas públicas tienen menos razones aun para preocuparse de que el negocio sea bien llevado.

Entonces como las empresas públicas jamás sufren el costo de su ineficiencia, estas permanecen en el mercado, ofreciendo un servicio de mala calidad y no se ven en la necesidad de mejorar sus productos ni procesos. Mientras tanto, consumen el dinero que el mismo Estado nos quita a través de impuestos. Y no poco dinero. Hace algunos años, la empresa estatal de agua potable Sedapal, que tiene el monopolio sobre un bien de primera necesidad que viene subiendo constantemente sus precios e, incomprensiblemente, generando pérdidas monstruosas de agua potable, fue rescatada por el Estado con el dinero de todos mediante una deuda de s/. 3,000 millones.

Vale la pena mencionar que mientras el agua potable y alcantarillado permaneció a manos del Estado, la empresa de  luz y electricidad fue privatizada en los noventas. El servicio de luz y electricidad, a diferencia de Sedapal, hoy llega a todos los peruanos, ha mantenido tarifas bajas y no ha quebrado nunca.

Por otro lado, como el Estado suele hacer empresa en las industrias que llama “estratégicas” o “de interés público”, tiende a controlar los precios de los servicios que ofrece. Lo que ocurre entonces es que, por un lado, es ilusorio que los precios sean realmente bajos, solo que el precio lo pagamos todos los que pagamos impuestos, los que en última instancia aportan para que el Estado pueda mantener precios de fantasía. El potencial para utilizar esto con fines populistas, haciéndo creer a las personas que el Estado magnánime abarata los precios cuando solamente pasa la factura discretamente a través de nuestros impuestos, es grande.

A su vez, esto genera una situación de competencia desleal terrible. Cualquier privado que haya invertido para iniciar una empresa y arriesgar su propio dinero compitiendo con otras empresas en el mercado, ahora debe competir con un adversario que simplemente no puede perder pues puede cobrar el precio que quiera y, sin importar cuánto dinero pierda, nunca quebrará. Y además, por lo mencionado antes, las empresas públicas compiten con privados a quienes les es imposible reducir sus precios a niveles inferiores al valor de mercado, dado que ello supondría trabajar a pérdida. De esta forma, la empresa estatal es una receta segura para ahuyentar la inversión.

En esta redacción no compartimos aquella errada concepción de que el ánimo de lucro de la empresa privada juega en contra del bienestar general. La única manera en la que una empresa puede tener éxito es ofreciendo bienes o servicios de mejor calidad y menor precio que el de la competencia para que los consumidores quieran comprar sus productos. Es el ánimo de lucro el que se encarga de que las empresas sean eficientes y no malgasten recursos y  produzcan bienes por los que la sociedad esté dispuesta a pagar. Nada de esto ocurre con la empresa pública.

Pero no necesitamos hablar de teoría. El Perú es un país que no puede cometer el absurdo de seguir pensando que la empresa pública tiene buenos resultados. Ahí está el recuerdo de la década de los 70 y 80 para evidenciarlo más allá de cualquier duda. Una conocida frase dicta que “la locura es hacer lo mismo una y otra vez, y esperar un resultado diferente”. A juzgar por lo que hoy propone hacer nuestro gobierno, el Perú es un país de locos.

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Las opiniones expresadas en este artículo editorial representan únicamente las del consejo editorial de Enfoque Derecho, y no son emitidas en nombre de la Asociación Civil THĒMIS ni de ningún otro de sus miembros.

Acerca del autor

Directora: Claudia Lovón| Consejo Editorial: Adrián Lengua, Elody Malpartida, Marco Gamarra, Francisco Mamani, Rodrigo Vega y Diego Mera. Las opiniones expresadas en este artículo editorial representan únicamente las del consejo editorial de Enfoque Derecho, y no son emitidas en nombre de la Asociación Civil THĒMIS ni de ningún otro de sus miembros.

Un comentario

  1. Víctor Sueiro dice:

    Estimados Compañeros:

    Los felicito por su interés en los temas más polémicos y actuales, demostrando una solida y clara opinión, haciendo uso de su saber jurídico y la historia. Sin embargo, me gustaría discutir algunos puntos concretos. En primer lugar, estoy de acuerdo de algunos malos ejemplos de empresa pública, como Sedapal, sin embargo considero impertinente usarla como ejemplo en el contexto actual ya que en el título del artículo hay una imagen de Repsol, y debo insistir en que no tiene ninguna relación con la actual compra de la última. Referirnos a Sedapal no nos ayuda a comprender el complejo escenario. La empresa pública que debe ser analizada debe ser Petroperú, así veremos como el escenario cambia. En segundo lugar, no todas las empresas públicas, como señalan ustedes en generalazación, reciben dinero de impuestos. En el caso concreto, Petroperú (actor del escenario) es un claro ejemplo de esto, la empresa se financia independientemente, haciendo prestamos con bancos internacionales e invirtiendo en sus 2 refinerias(la pampilla expropiada al igual que sus gritos), su planilla y el oleoducto. Entonces, es un gravísimo error relacionar que nosotros la financiamos. En tercer lugar, a pesar que no hay accionistas privados en esta empresa pública, los sujetos sí se comprometen por su funcionamiento. El único detalle, que se busca corregir con su entrada en la bolsa, es que el gobierno de turno puede poner su gente, sin embargo, esto no quita su exitosa carrera.

    Ahora, en el caso concreto, recuerden que la Pampilla tiene 49% de accionistas (afp,otros) y solo el 51% es de Repsol. El Estado quiere adquirir este 51%, con prestamos. Lo que deberíamos hacer es que está compra se concrete junto con privados, pero es un tema difícil porque, como dicen ustedes, los empresarios buscan sus utilidades porque están invirtiendo, lo cual es legítimo, pero en la negativa de estos últimos, rompe su premisa en el que el empresario “Invirtiendo recursos en que su producto sea mejor que el de su competidor, para que así el consumidor lo elija a uno antes que a la competencia”, ya que nadie busca invertir en la modernización, lo cual evidencia un factor que no toma en cuentes una económica liberal, el factor social.

    Con todo respeto y aprecio a su revista, este comentario lo hice por la relación que dan con su artículo por Repsol(imagen) y la actual compra de esta. A pesar que no señalan expresamente a los actores, el contexto lo sobre entiende. Agradezco su aporte en este tema. Gracias

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