Una nueva crisis política ha puesto en tensión las relaciones entre los países más poderosos de la ONU.

El martes 4 de abril se realizó un ataque químico a Jan Sheijun, al noroeste de Siria, en el cual murieron 86 civiles, 30 de los cuales fueron niños. El servicio de inteligencia estadounidense declaró que este ataque habría sido realizado por el ejército de Siria, país actualmente gobernado por el dictador Bashar Al-Assad. Este suceso fue condenado por Donald Trump, quien escribió desde su cuenta de Twitter: “Es horrible, han cruzado las líneas rojas.” Días después, una base naval estadounidense lanzó 59 misiles que destrozaron la base militar desde donde se habría perpetuado el ataque químico. Este ataque fue notificado previamente a Rusia, lo que permitió que el país evacúe a tropas que se encontraban en el lugar.

Las respuestas ante esta acción fueron de aprobación y condena. Por un lado, países como Francia, Reino Unido y España han aprobado las acciones realizadas por Estados Unidos. Por otro, Rusia, para algunos “el padrino de Siria”, no solo ha negado que Siria tenga responsabilidad en el ataque, sino que Vladimir Putin declaró que “las consecuencias de esto para la estabilidad regional e internacional pueden ser extremadamente graves”. Prosiguiendo con las tensiones bélicas, Moscú ha decidió trasladar una de sus poderosas fragatas con misiles hacia la base militar rusa de Tartús, en la costa Siria.

¿Tendrá este nuevo conflicto consecuencias irreversibles para la estabilidad política? ¿Será este el inicio de una gran guerra, tal como han declarado opiniones sensacionalistas?

Lo cierto es que las tensiones entre Siria y Estados Unidos no son nuevas. Tiempo atrás, este espacio editorial realizó un análisis del conflicto, en el cual se explicaba la relación de los países involucrados, los intereses que están en juego y una explicación del escenario político en que se desarrolla esta situación. En ese entonces, ya se había advertido de la ineficacia del sistema internacional para la solución de este tipo de conflictos. Dado que no existe un poder internacional vinculante para todos los Estados, finalmente las decisiones sobre el conflicto son tomadas por cada uno de forma individual, cada Estado busca defender sus propios intereses.

A pesar de que ya se ha hecho evidente la cantidad de personas que han sido afectadas con este conflicto, pareciera que los países con más poder no están dispuestos a dejar de lado sus intereses para buscar una forma pacífica de solucionar el conflicto y recuperar la estabilidad internacional.

La administración Obama, en septiembre del 2013, había suspendido el bombardeo de puntos militares sirios, tras el conocimiento del uso de armas químicas contra civiles. En aquel momento, también se dejó sentado que si el gobierno de Al-Assad reincidía en el uso de armas químicas, esto sería leído como el cruce de una “línea roja” que alteraría la no intervención norteamericana. A causa de la advertencia de Washington, los gobiernos sirio, ruso y norteamericano llegaron a un acuerdo de desarme químico. Sin embargo, es evidente que esto no ha sucedido. Con el ataque con misiles por parte de EE.UU. se abre un nuevo escenario en la política exterior de este país, dejando el pragmatismo, la cautela y la diplomacia, para pasar a una de acción directa y poco dialogante.

Esta reacción ha tenido resultados poco alentadores dentro de la comunidad internacional, sobre todo con Rusia e Irán, aliados del régimen sirio. Desde luego, el acercamiento de EE.UU. al conflicto le genera mayores anticuerpos frente a los citados países. ¿Control militar o diplomacia activa? La fórmula aparente para la era Trump es la primera. Esto, sin duda, causa más muertes y menos resultados positivos. De hecho, la presidencia siria informó que estos bombardeos incrementan su determinación de continuar con su impronta.

A razón de lo ocurrido, creemos que el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas está perdiendo la oportunidad de condenar firmemente el uso de armas químicas en situaciones de conflicto. La pasividad de sus miembros y la negativa de Rusia, aliado de Siria, de llegar a una solución en el corto plazo podrían debilitar la credibilidad en este órgano de la ONU.

En ese sentido, consideramos que debe aplicarse inmediatamente lo establecido en el capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas a fin de hacer tangibles las sanciones pertinentes. Asimismo, instamos que se hagan las investigaciones del caso a fin de encontrar a los responsables de lo que algunos se han llamado un holocausto. Finalmente, es de vital importancia conocer con prontitud el informe de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) sobre el particular, a fin de determinar claramente el móvil de este acto inhumano y criminal.

Esperemos estar a tiempo, y que no sea demasiado tarde ya.

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