A las nueve de la noche del pasado primero de julio, siete terroristas armados irrumpieron en un restaurante ubicado en un área residencial en Dhaka, capital de Bangladesh. Luego de detonar explosivos y disponer de efectivos policiales estacionados en la cercanía, tomaron a los comensales extranjeros por rehenes. Hicieron públicos tres reclamos: la liberación del líder de un grupo terrorista del país (el partido llamado Jamaat-ul-Mujahideen), salvoconducto a los asaltantes y un reconocimiento de su misión por establecer el islam. En respuesta, las fuerzas armadas y la policía de Bangladesh organizaron un operativo de rescate, que se llevó a cabo la madrugada del día siguiente. En una intervención fugaz, lograron recuperar con vida a trece rehenes y abatir a los atacantes, incluso capturando a uno con vida.

Si bien el Estado Islámico se atribuyó este incidente vía medios de comunicación afines, el gobierno de Bangladesh ha sido enfático en señalar que este grupo no tiene presencia en su país, y que más bien se trata de militantes del ya mencionado Jamaat-ul-Mujahideen, que cuenta con un amplio historial de incidentes y ataques hacia la población no musulmana del país. Más allá de esto, lo que no se puede descartar, sin duda, es la creciente cooperación entre organizaciones fundamentalistas, lo que facilita su trabajo y contribuye a la siembra de terror.

El caso de Bangladesh se suma a un creciente número de atentados ocurridos recientemente en distintas partes del mundo. El deseo, de parte del EI, es mostrar que le es posible llevar a cabo ataques contra objetivos de “occidente”, contra quien mantiene su guerra. El Estado Islámico, cabe recordarse, ocupa una considerable porción de Siria, Iraq y Líbano: ya no se trata sólo de un grupo terrorista que vive ocultándose entre la población, sino que libra guerra abierta y gobierna ciudades, al tiempo que somete a sus habitantes a un régimen totalitario y a una sistemática violación de derechos humanos, que afecta de forma más crítica a las mujeres.

La comunidad internacional no ha tenido mucho éxito a la hora de enfrentarse al EI. Esto se debe principalmente a la imposibilidad del Consejo de Seguridad de la ONU de poder trazar una estrategia en conjunto debido a diferencias insalvables en torno a la situación de la región. Por ejemplo, Estados Unidos es partidario de que Bashar al Assad, considerado como un dictador, deje el cargo y convoque a nuevas elecciones, mientras que Rusia ha expresado en varias ocasiones su apoyo e incluso ha intervenido militarmente en la guerra civil que actualmente se libra. Por estas razones, no es errado concluir que en la lucha contra el terrorismo han primado ante todo los intereses particulares de las naciones, más que la búsqueda del bien común. A pesar de esto, dentro de todo se han logrado avances, tales como el ataque de parte de la ONU hacia sus principales fuentes de financiamiento (que lograban transferir dinero mediante la banca iraquí), así como una mayor cooperación de los sistemas de inteligencia a nivel mundial.

Por su parte, los países afectados por atentados terroristas han buscado la manera de reforzar su seguridad interna, lo cual lamentablemente se ha traducido también como un incremento de prejuicios y actitudes xenófobas. Recientemente, sobretodo en Europa, partidos políticos que incorporan el desprecio directo hacia todo lo foráneo (y lo musulmán), han ganado una fuerte presencia, siendo el triunfo del “brexit” el testimonio más reciente de su influencia. Si bien hasta el momento no han logrado tomar alguna decisión radical sobre el tema, lo más probable es que se vuelva un punto central dentro de la discusión política a venir en los años siguientes.

Desde esta editorial, condenamos el uso de la violencia y todo tipo de terrorismo, y exhortamos a todas las autoridades del mundo a tomar cartas en el asunto para impedir la expansión del Estado Islámico y los daños colaterales de sus acciones, que afectan al mundo entero.

No hay comentarios

Dejar respuesta