Trazos sobre el poderoso contenido de la obra literaria escrita

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Por Javier André Murillo Chávez. Asistente Legal del Área Contenciosa de Marcas del Estudio Barreda Moller S.C.R.Ltda. Abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Adjunto de Cátedra en los cursos de Derecho de Autor, Derecho Mercantil 1 y Derecho de la Competencia 2 en la Facultad de Derecho de la PUCP. Ex director de la Comisión de Publicaciones de la Asociación Civil Foro Académico.

Cuando uno empieza a leer un libro se puede desconectar parcial o totalmente del mundo real en el cual vivimos, ya sea porque uno lee un sencillo cuento o una gran novela. Sin contar las expresiones orales de la antigüedad, no debe existir forma de expresión concretizada de la creatividad humana más antigua que un libro. Muy al contrario de lo que se piensa, como señala Ferreyros, “el libro, como lo conocemos hoy, data de tiempo anterior a la creación de la imprenta”[1]; sin embargo, es con la masificación que produjo la invención de la imprenta que recién el Derecho fijó atentamente sus ojos en las obras literarias escritas, llegando a producirse incluso uno de los grande sitos en la historia de los Derechos de Autor, la emisión de la primera Ley de Copyright: el Estatuto de la Reina Ana de 1710.

Hoy en día, casi todos los países cuentan con su propia legislación en materia de Derechos de Autor, la cual regula la protección de obras literarias escritas, junto con otras (audiovisuales, plásticas, musicales, etc.), y el Perú no es la excepción. Contamos con el Decreto Legislativo N° 822 –Ley de Derecho de Autor– (en adelante, LDA) y un esfuerzo de normativa conjunta plasmado en la Decisión 351 de la Comunidad Andina –Régimen común sobre derecho de autor y derechos conexos– (en adelante, D351) aplicable a nuestro país, Colombia, Ecuador y Bolivia. El motivo de estas líneas es revisar brevemente algunos trazos del contenido de una obra literaria escrita de ficción.

Para comenzar, un aspecto importante es la protección que nuestra LDA otorga a los títulos de las obras literarias en general. En efecto, nuestra norma en su artículo 7 señala que “El título de una obra, cuando sea original, queda protegido como parte de ella”; es decir, que se protegerán los títulos cuando estos conlleven la impronta de la personalidad del autor en ellos. Es decir, no será protegido un título cuando este sea:

  • Común y/o necesario para el título de otras obras como “Cuentos de fantasmas” o “Relatos fantásticos”, distinto sería el caso de “¡Qué miedo! Diez relatos sobre fantasmas” o “Volando sobre el dragón. Cuentos épicos de fantasía”.
  • Simple y/o carente de significado especial como “La Isla del Tesoro” o “Infierno”, cosa distinta se generaría frente a “Las aventuras de Tin Tin en Isla del Tesoro” o “Infierno. Un viaje al infinito y de vuelta”.

Es distinta la cuestión al observar títulos como “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” o “La verdad sobre el caso Harry Quebert” que sí cuentan con protección porque traen un significado detrás que permite identificar a la obra a la que hacen referencia. Sin embargo, esta materia, como veremos, no es cuestión poco debatible. En efecto, el usar el criterio subjetivo de la originalidad que se estableció en la antigua Resolución N° 286-1998/TPI-INDECOPI en el caso Agrotrade contra Infutecsa, nos brinda muchas críticas, señala que la originalidad es la impronta de la personalidad del autor demostrada en la expresión (o forma representativa) creativa e individualizada de esta. Muy pocos sabemos de qué trata exactamente esta “impronta de la personalidad”, un criterio que ya se ha criticado[2].

Un error muy frecuente cuando se habla de derechos de autor sobre una obra literaria escrita es confundir la obra protegida con la trama que no se protege. En efecto, nuestro régimen de Derecho de Autor, así como todos los existentes a nivel internacional, no protegen las ideas. Es muy distinto hablar de una forma de expresión concreta que de una idea general. Justamente, tanto el artículo 9 de la LDA y el artículo 7 de la D351 señalan que no están protegidas jurídicamente y son excluidas de estas protección las ideas.

Basta con imaginar la cantidad de libros que cuentan con historias sobre un romance –por ejemplo– “Fifty Shades of Grey”, “Canciones para Paula” o “The Fault in Our Stars” para darnos cuenta de que lo protegible no son las tramas, sino aquello que está plasmado en concreto, es decir la historia exacta que es relatada en el libro. Si una historia de amor o de romance estaría protegida como tal a nombre de un solo autor o titular, sería imposible imaginar estas obras luego de “Romeo y Julieta”. De igual manera, no podríamos leer “Game of Thrones” ni “El Señor de los Anillos” después de “El Rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda” pues las aventuras épicas en el medioevo estarían restringidas para usarse en nuevas obras.

Entrando a otro tema, nosotros creemos que en definitiva, los personajes –de contar con la originalidad exigida– cuentan con protección por el régimen de Derecho de Autor. Aunque es importante traer aquí lo señalado por Ríos:

“los personajes ficticios en sí mismos considerados o de manera autónoma, no se encuentran protegidos por la legislación autoral (…), sino que solo en el momento en que dicho personaje se concreta y materializa por medio de una obra, como un dibujo, una caricatura e incluso una fotografía del personaje por ejemplo, es que puede ser objeto de protección por el Derecho de Autor. (…) En legislaciones como la de los Estados Unidos de América, México, Brasil, y Panamá entre otros, sí se protegen los personajes ficticios en sí mismos considerados”[3].

Es de recalcar que también se podría obtener derechos de autor de un personaje en el Perú cuando el mismo está dentro de una obra literaria escrita determinada, sin necesidad de expresión gráfica como señala este autor. En efecto, ¿quién negaría que conoce la siguiente descripción si ha leído el libro o los libros precisos?:

“(…) había sido siempre flaco y muy bajo para su edad. Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas (…) y su primo era cuatro veces más grande que él. (…) tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante. Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva (…) La única cosa que (…) le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago. La tenía desde que podía acordarse.”[4]

La descripción hecha corresponde al ya clásico Harry Potter, niño huérfano mago que es educado en magia y hechicería en una escuela muy poco común. En este sentido, creemos que los dos requisitos para que un personaje de obra literaria escrita sea protegido por derechos de autor consisten en que pertenezca a una obra más general y que su nombre o características sean muy especiales denotando la famosa e impopular “impronta de la personalidad” del autor.

Por otro lado, cabe señalar que el razonamiento hecho aquí para los personajes, es análogo para los ambientes y objetos de ficción, los cuales no tendrían por qué tener diferencia de los personajes; esto sí, siempre y cuando se cumpla con el requisito de la originalidad. Existen numerosos ejemplos de estos, los cuales cuentan con precisa originalidad: Macondo, El Dorado, Hogwarts, King’s Landing, Tatooine, Mordor, Narnia, entre otros. Del lado de los objetos tenemos: las reliquias de la muerte, el anillo único, la varita de saúco y más.

Otro dato interesante de apuntar es que debemos saber que la frase “el papel lo aguanta todo” es un dicho jurídicamente avalado; es así que, como protección del derecho a la libertad de expresión (inciso 4 del artículo 2 de la Constitución) y la libertad de creación literaria (inciso 8 del artículo 2 de la Constitución), la D351 señala en su artículo 1 y la LDA en su artículo 3, que la protección sobre las obras de ingenio en el campo literario, entre otros, se otorga “(…) cualquiera que sea el género o forma de expresión y sin importar el mérito literario o artístico ni su destino”.

Esto es importante ya que obras como “Mein Kampf” de Adolf Hitler y “De puño y letra” de Abimael Guzmán pueden circular en el mercado; nadie debe restringir la libertad de expresión, salvo cuando se trasgreden ciertos límites como cometer el delito de apología al terrorismo, pero aun así la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el Caso “Última Tentación de Cristo” ha señalado que:

“la libertad de expresión no se agota en el reconocimiento teórico del derecho a hablar o escribir, sino que comprende además, inseparablemente, el derecho a utilizar cualquier medio apropiado para difundir el pensamiento y hacerlo llegar al mayor número de destinatarios. En este sentido, la expresión y la difusión del pensamiento y de la información son indivisibles, de modo que una restricción de las posibilidades de divulgación representa directamente, y en la misma medida, un límite al derecho de expresarse libremente” (fundamento 66).

En este sentido, casi toda restricción a la protección por derecho de autor ya sea de índole moral o de mérito es considerado censura previa y condenado desde el punto de vista de la jurisprudencia internacional y de nuestro Tribunal Constitucional, ya que la protección se brinda sin importar estas características de las obras. Corresponde de manera clara al consumidor de obras literarias repudiar la obra mediante la crítica, que significa también ejercer su propio derecho de libertad de expresión.

Como vemos, una obra literaria tiene un contenido diverso susceptible de ser protegido por derechos de autor; sin embargo, debe quedar claro que toda creación o parte de una creación debe ser protegida solo si se cumple el requisito de la originalidad exigido por el régimen. Así, el Derecho protege las obras literarias con la finalidad de recompensar al autor por su creación y, mediante el otorgamiento de derechos patrimoniales que le permiten lucrar con su obra, lo incentivan a seguir creando de manera que se incremente el acervo cultural de nuestra sociedad.


[1] FERREYROS, Marisol – “De Gutenberg a Internet ¿Reforma o Revolución del Derecho de Autor?”. En Anuario Andino de Derechos Intelectuales N° 3. Lima, Palestra, 2007, p. 96

[2] MARAVI, Alfredo. Breves apuntes sobre el problema de definir la originalidad en el Derecho de Autor [en línea]. Cuaderno de Trabajo N° 16. Lima, CICAJ-PUCP, 2010, p. 20. Consulta: 20 de octubre de 2014.

< http://departamento.pucp.edu.pe/derecho/wp-content/uploads/2014/05/ct16_breves_apuntes.pdf >.

[3] RIOS, Wilson – “La Causal de Irregistrabilidad marcaria, frente a los derechos de autor de un tercero – Derecho de Autor sobre los títulos de obras literarias, artísticas o científicas y los personajes ficticios o simbólicos”. En: Revista La Propiedad Inmaterial. N° 8. Bogotá, Universidad Externado, 2004, pp. 54-55.

[4] ROWLING, J. K. – “Harry Potter y la piedra filosofal”. Traducción de Alicia Dellepiane. Barcelona, Emecé, 1999, p. 14.

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