¿La deuda estudiantil es excesiva? – Posner

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Traducido por Ariana Lira. Republicado y traducido con permiso de los autores. El artículo original se encuentra aquí: http://www.becker-posner-blog.com/2012/05/is-student-debt-excessive-posner.html?utm_medium=twitter&utm_source=dlvr.it

Una reciente serie de dos partes en el New York Times (“Grados de la Deuda”, 12 y 14 de Mayo) se enfoca en el aumento y las potenciales consecuencias de la deuda estudiantil por los estudios universitarios, que hoy en día excede el trillón de dólares americanos. De esa deuda, casi el 90% es federal, porque el gobierno federal concede préstamos a los estudiantes a bajas tasas (hay un movimiento en proceso en el Congreso para alzar las tasas). Aproximadamente dos tercios de los estudiantes universitarios se gradúan (o se retiran de la universidad antes graduarse) endeudados, comparados con un 45% de hace veinte años. Aunque el promedio de deuda de un estudiante universitario en proceso de graduarse es solo de $20,000 aproximadamente, la variación es considerable.

En particular, la carga de la deuda es más ligera en universidades privadas, debido a que estas suelen ofrecer becas y también a que atraen a una gran cantidad de jóvenes muy pudientes. La carga, por otro lado, es pesada en universidades públicas (universidades del Estado y de la comunidad) y aún más pesada en universidades con fines de lucro; hoy en día registran al 11% de los estudiantes de universidad del país, pero sus estudiantes representan aproximadamente el 25% del total de la deuda de préstamo estudiantil.

Centrándonos en las universidades públicas y en las universidades con fines de lucro, vemos un experimento en privatización. Mientras que los préstamos estudiantiles baratos se vuelven cada vez más disponibles (y el gobierno de Obama ha aumentado su disponibilidad aún más), estas universidades pueden cobrar más por la educación. (Esto asume, realistamente, retrasos en la creación de nuevas universidades que puedan competir efectivamente con las existentes.) En el caso de las universidades públicas, el incremento del ingreso de las universidades permite a los estados (y al gobierno local, en el caso de las universidades comunitarias) reducir su respaldo financiero a las universidades. Esto es un desplazamiento del subsidio al apoyo al cliente, como en un mercado privado, y se está acelerando debido al pobre estado de las finanzas del Estado y de los gobierno locales, que ha generado un recorte en los subsidios a la educación y por ende ha forzado a las universidades públicas a depender más fuertemente de los ingresos por educación. En el caso de las universidades con fines de lucro, que brindan servicios principalmente a estudiantes que se ven imposibilitados de ser admitidos en universidades públicas y que tienden a ser de bajos recursos, la disponibilidad de préstamos federales baratos habilita el cobro de educación a estudiantes que de otro modo no podrían costear la universidad.

De ese modo, los préstamos federales de bajo interés proveen un subsidio indirecto a muchas universidades, en una forma que preserva la competencia entre universidades, lo cual no ocurriría si el subsidio fuera directamente a las universidades. El subsidio de préstamos es, así, el equivalente aproximado a un sistema de comprobantes, en el cual las universidades son apoyadas por subsidios a la educación y la elección de la universidad es preservada. El subsidio universitario, no obstante, es sólo parcial; los préstamos deben ser pagados –y los prestamos federales no pueden ser descargados en bancarrota, que no previene la suspensión de pagos (que, de hecho, es común) pero sí reduce su incidencia.

El principal argumento económico para subsidiar la educación universitaria es que esta prepara a los graduados (y en una menor medida al estudiante que abandona antes de graduarse, por ejemplo con un grado de asociado de dos años) con habilidades que incrementan el valor de duración de su rendimiento, lo cual beneficia la sociedad como un todo y no sólo al graduado. Pero entre más subsidiada sea la educación universitaria, menos de este beneficio externo (beneficio de otros aparte del graduado) es probable de ser producido. Un poco más del 20% de estudiantes matriculados en universidades con fines de lucro obtienen una licenciatura en seis años (se supone que debería tomar sólo cuatro), y, probablemente, la mayoría de estos nunca obtienen el título. Asimismo, existe una gran cantidad de abandonos en las universidades públicas. El problema idealmente debería corregirse solo: mientras menor sea el estímulo del ingreso una educación universitaria que un graduado de la secundaria anticipa, menor será la deuda que éste estará dispuesto a tomar para financiar una educación universitaria, y si el beneficio neto esperado para éste es negativo, podrá bien decidir no matricularse –debería decidir, en ese caso, no matricularse, si uno pone aparte el valor de consumo de una educación universitaria, aunque es considerable para algunas personas. Pero, debido a la incertidumbre en prospectos de carrera, este resulta un calculo difícil de realizar.

El cambio en el financiamiento de la universidad desde los años cincuenta, cuando yo estaba creciendo, es dramático. En esos días, tu familia pagaba por tu educación y costos de vida, o recibías una beca de la universidad (y, de repente, en intercambio parcial por ello, tenías que trabajar a medio tiempo para la universidad, por ejemplo, de mesero en mesas del comedor de la universidad), o trabajabas durante tu carrera, o la universidad era gratis –o no ibas. Pero no pedías préstamos, y no te graduabas con ninguna deuda, y tus opciones de carrera, y tus planes maritales no se veían influenciados por tener que pagar una deuda significativa. Este sistema de financiamiento de la educación universitaria era factible porque entonces mucho menos personas iban a la universidad, en parte porque los retornos financieros a los estudios universitarios eran menores que hoy en día. Los préstamos estudiantiles permiten a muchos estudiantes ir a la universidad, los cuales no podrían costearla sin estos, pero que se beneficiarían de una educación universitaria, aunque los préstamos estudiantiles también posibilitan que las universidades aumenten el precio de la educación por el que pagan los estudiantes al final, a menos que suspendan el pago de sus préstamos estudiantiles.

La complicación para los estudiantes de secundaria que tratan de evaluar el valor de una educación universitaria es la situación económica actual del país. Es cierto que, tanto en los años 30 como ahora, la tasa de desempleo de graduados de la universidad es bastante más baja que la de otros trabajadores. Pero es más de 5%, lo cual es el doble que hace cinco años. Y es aproximadamente el doble que eso -10 porciento, por lo menos- para los graduados universitarios jóvenes. Si se agrega el subempleo, esto es, empleo en un trabajo para el cual una educación universitaria no es un requisito –por ejemplo, un graduado de la universidad empleado como mesero- la tasa combinada de desempleo y subempleo es de casi 33% para todos los graduados de la universidad menores de veinticinco años de edad. (Egresados que se encuentran en escuelas de postgrado tienen en promedio mejores prospectos de trabajo que los que tienen solamente un Bachillerato en Artes o un Bachillero en Ciencias en su CV). Los salarios de los jóvenes graduados de universidad en la fuerza laboral también han caído.

La economía mejorará (de hecho, está mejorando, aunque lentamente y con una posibilidad de recaer) y las tasas de desempleo y subempleo de los graduados universitarios caerán. Pero nadie sabe cuándo o qué tan rápido o qué tanto. Y cuando caigan, aún los mercados laborales serán probablemente más intensamente competitivos de lo que han sido, debido a un incremento en la presión de la competencia internacional en bienes y, cada vez más, servicios. Esto hace el valor de la educación universitaria, y, por lo tanto, el beneficio neto de la deuda estudiantil universitaria difícil de estimar. Aún así, la tasa de desempleo de personas jóvenes es mucho mayor que la de jóvenes universitarios graduados, y la relación continúa favoreciendo la obtención de una educación universitaria incluso si significa endeudarse.

Una cuestión importante es si el gobierno federal debe continuar garantizando préstamos estudiantiles. Sin garantizarlos, igual podría continuar subsidiándolos, es decir sufragando parte de la tasa de interés, para lograr “comprar” los beneficios externos de una educación universitaria. La garantía hace que las universidades se encuentren más dispuestas a reclutar estudiantes que requieren préstamos mediante la eliminación de riesgos aleatorios para las  universidades, pero del mismo modo hace a las universidades menos cuidadosas en la selección de los aplicantes. La universidad consigue su educación incluso si el estudiante se retira y de hecho nunca tuvo una chance de graduarse. Esto crea incentivos pobres para los funcionarios de admisión de las universidades.

Otra cuestión es si el enfoque del subsidio federal debe desplazarse de universidades hacia escuelas vocacionales. Los empleadores se muestran reacios a proveer entrenamiento vocacional para sus empleados, ya que, una vez entrenado el empleado, puede ser contratado por otro empleador que se ahorrará el costo del entrenamiento. Los subsidios federales para estudiantes en escuelas públicas o privadas que proveen a los graduados de la secundaria con un cierto rango de entrenamiento vocacional, haciendo énfasis en tecnología, pueden proveer un mayor valor (y en menos de cuatro o incluso dos años) a personas jóvenes que carecen de interés o de aptitud para una educación universitaria completa que subsidios para educación universitaria.

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Gary S. Becker es un economista estadounidense, profesor de Economía y Sociología en la Universidad de Chicago, y ganador del Premio Nobel en Economía de 1992. Richard A. Posner es un jurista, juez y economista estadounidense, pionero del Análisis Económico del Derecho y profesor en la Universidad de Chicago.

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