El auge del imperialismo en Virginia

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Por: Murray N. Rothbard
Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.

Artículo traducido del inglés. Republicado con permiso.  El link al original es: http://mises.org/Community/blogs/euribe/archive/2012/03/09/el-auge-del-imperialismo-en-virginia.aspx

La supervivencia de la colonia de Virginia pendió durante años de un hilo. Una razón importante para la supervivencia de esta afligida colonia fueron los cambios que la Compañía de Virginia aceptó hacer en su estructura social.

El otro factor importante en la supervivencia de la colonia fue el descubrimiento de John Rolfe, alrededor de 1612, de que podía cultivarse el tabaco de Virginia de tal manera que resultara aceptable para los gustos europeos. Antes se había considerado el tabaco de Virginia como inferior al producto que se había introducido en el Viejo Mundo por parte de las colonias españolas en América. En 1614 Rolfe fue capaz de enviar una carga de tabaco a Londres y conseguir éxito en el mercado. Muy rápidamente, Virginia poseyó una materia prima y una base económica importante: se podía exportar tabaco a Europa e intercambiarlo por otros bienes que necesitaban los colonos.

En 1617 se estaba plantando tabaco incluso en las calles de Jamestown. Un índice del ritmote crecimiento extremadamente rápido de la producción de tabaco es la cantidad de tabaco de Virginia importada por Inglaterra: 2.500 libras en 1616, 50.000 libras en 1618, 119.000 libras en 1620 y 203.000 libras en 1624.

A pesar de que el tabaco era verdaderamente el alma de la pequeña colonia, el gobierno (de Gran Bretaña y de Virginia) no podía dejar de tratar de impedir su propagación  Al rey Jacobo le ofendía estéticamente la extensión de esa “vanidad ociosa” que era fumar y por tanto fijó un fuerte impuesto al tabaco para limitar su importación. De esa manera, supuestamente, los ingleses, solo fumarían “con moderación, para preservar su salud”.

Sir Thomas Dale, alarmado ante las perspectivas de monocultivo, decretó ser un delito que un agricultor no cultivara dos acres adicionales para sí mismo y cada sirviente: supuestamente no se iba a dejar que nadie siguiera el mucho más eficiente procedimiento de cultivar tabaco y con las ganancias comprar su propio grano a quienquiera que quisiera.

Incluso el santo patrón del tabaco de Virginia, John Rolfe, se vio horrorizado por su rápida extensión, mostrando así un mucho más escaso conocimiento de la economía que de la tecnología del tabaco. Incluso en liberal Sir Edwin Sandys adoptó esta postura y deploraba la extensión del tabaco y el abandono del cereal. Solo el capitán John Smith demostró sentido común económico al apuntar la razón por el aparentemente peculiar énfasis de los colonos en el tabaco sobre el grano: el trabajo de un hombre en el tabaco podría hacer ganar el séxtuple que en el grano.

La primera Asamblea General aumentó las regulaciones del tabaco: a cada colono se la obligaba a plantar, cada año, cierta cuota de otras plantas y cultivos, el precio del tabaco se fijaba por ley y cualquier tabaco considerado “inferior” por un comité público oficial se ordenaba que se quemara. Esta última regulación fue el primero de los continuos intentos de los cultivadores de tabaco de restringir la oferta de tabaco (en este caso, hojas “inferiores” de bajo precio) para aumentar el precio recibido de los compradores y en último término de los consumidores.

Si el tabaco fue parcialmente responsable de la supervivencia de la colonia, también fue indirectamente responsable de la introducción en América de problemas graves y devastadores. Por ejemplo, el proceso natural de transferir la tierra de una compañía gobernante al colono individual, aproximadamente en el grado en que utilice dicha tierra, se vio repentinamente alterado y bloqueado. El cultivo del tabaco requería propiedades mucho más grandes que las huertas u otras granjas individuales. Por tanto, los ricos plantadores de tabaco buscaron y obtuvieron de la compañía concesiones de terreno muy grandes.

Un método de obtener tierra era distribuir a los colonos por “derecho por cabeza”, es decir, cada inmigrante recibía 50 acres y quien pagara un pasaje a inmigrantes recibía de la compañía 50 acres de tierra por inmigrante. Así que los cultivadores más ricos podían adquirir enormes parcelas acumulando numerosos derechos por cabeza.

Además, se concedían grandes extensiones a los principales accionistas de la compañía. Por ejemplo, cada cultivador individual recibía una concesión de 100 acres por cada acción que tuviera en la compañía. Para conseguir efectivo para sus apretadas finanzas, la compañía también vendía “documentos de aventura”, que daban a los tenedores derecho no a acciones, sino concretamente a 100 acres de territorio en Virginia por “documento”. Cada documento tenía el mismo valor facial que una acción de la compañía (12₤ 10p). A menudo, los tenedores de documentos se unían para crear parcelas para especular con ellas.

Como resultado de estas prácticas, aparecieron varias “plantaciones particulares” como asentamientos en grandes concesiones de terreno, presididas por el gobierno privado del concesionario. La mayor plantación particular fue Berkeley’s Hundred, con 4.500 acres al norte del río James, otorgada como primer dividendo a cinco eminentes accionistas encabezados por los Berkeley y creada en 1619. Otras plantaciones fueron Smith’s Hundred, Martin’s Hundred, Bennett’s Plantation y Martin’s Brandon.

También el gobernador y la asamblea realizaron asignaciones arbitrarias de terrenos. Así, se reservaron para la compañía 3.000 acres en la capital y otras tres plantaciones generales, poniendo a los colonos como arrendatarios. Los ingresos iban a ir a los gastos de gobierno. También se reservó terreno para apoyar a los funcionarios y ministros locales y como subvención a los artesanos locales. Se otorgó una concesión importante al gobernador Yeardley y se reservaron 10.000 acres para una propuesta de universidad en Henrico.

Sin embargo, lo esencial es que los plantadores no habrían sido capaces de cultivar estas grandes plantaciones de tabaco (y por tanto no se habrían dedicado a adquirir y mantener tanta tierra) si hubieran tenido que confiar en una mano de obra libre e independiente. Tan escasa era esa mano de obra en relación con los recursos territoriales que no hubiera sido económicamente viable la contratación de mano de obra libre. Pero entonces los plantadores buscaron la utilización de mano de obra forzosa para hacer rentables sus grandes plantaciones: en concreto, el trabajo de los siervos contratados y el de los aún más obligados esclavos negros. En la esclavitud, al trabajador se le obliga no solo por un plazo de años, o de vida, sino por las vidas de él y de todos sus descendientes.

Resulta paradójico para la posterior historia de Estados Unidos que en 1619, el mismo año de las reformas de Yardley, se produjera la llegada del primer barco de esclavos en Jamestown con 20 negros a bordo, para venderlos como esclavos a los plantadores de tabaco. Hasta mediados del siglo XVII, los plantadores prefirieron utilizar mano de obra de siervos contratados. Estos siervos blancos, una vez terminaba su servicio, podían obtener su terreno, generalmente 50 acres cada uno, en la zona oeste del asentamiento y convertirse en colonos independientes. Pero la esclavitud negra, al contrario que la servidumbre por contrato, no tenía forma de disolverse en la sociedad general; una vez introducida, se convirtió en la espina dorsal del sistema laboral virginiano (y de otros estados del sur). Solo podía continuar como una úlcera continua en el cuerpo social americano.

La diminuta colonia aparentemente no era demasiado joven como para tener “asuntos exteriores” y, de hecho, aprendió demasiado aprisa las vías de las relaciones interestatales. Colonos franceses tuvieron la temeridad de fundar una colonia propia en Mount Desert (en lo que posteriormente sería Maine) y a orilla de la bahía de Fundy (en lo que posteriormente sería Nueva Escocia). Esto “invadía” el territorio que el rey Jacobo había otorgado arbitrariamente a la Compañía de Plymouth, que aún no había creado ningún asentamiento en Norteamérica. También invadía la mayor gloria de Inglaterra.

Y así, Virginia del Sur hizo los honores: el capitán Samuel Argall, camuflando su barco como barco de pesca, navegó desde la colonia hasta Mount Desert en 1613, erradicó el asentamiento francés y secuestró a 15 colonos franceses, incluyendo dos sacerdotes jesuitas.

Trasladados a Virginia, los prisioneros fueron maltratados. Más de una docena de desgraciados colonos franceses fueron abandonados por Argall en una barca en el Atlántico, pero tuvieron la fortuna de ser rescatados por barcos pesqueros.

Ese mismo año, Argall volvió al norte y extendió su labor de destrucción, haciendo arder los asentamientos de St. Croix y Port Royal, este último en Nueva Escocia y mandando a los colonos a los bosques.

Pocos años después, el capitán Argall, ahora gobernador de Virginia, continuó la tradición de participar en actividades piratas contra barcos españoles. Navegó bajo el mando del favorito del rey entre los accionistas de la compañía, el conde de Warwick.

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