La peste griega: salarios rígidos

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La peste de Atenas (circa 1652), por Michael Sweerts

Por: David Howden
Director del departamento de negocios y ciencias sociales del campus de Madrid de la Universidad St. Louis.

Después de las muertes de tres empleados de banca, el presidente griego Karolos Papoulias lamentó que el endeudadísimo país hubiera finalmente “llegado al borde del abismo”. Debería haber tenido esa suerte. Los abismos permiten caer en las profundidades de lo desconocido. Si los salarios reales dieran ese salto, los trabajadores griegos tendrían un futuro con más opciones que las huelgas y la destrucción sin sentido.

Muchos precios de entrada (por ejemplo, de materias primas) se ajustan instantánea e inocuamente con intercambios bien organizados. Sin embargo, los salarios generalmente se fijan por adelantado y comprenden una buena parte de los costes en entrada, haciendo de ellos el ejemplo típico de precio rígido.

A nadie le gusta un recorte salarial (incluyendo a la compañía) pero la cuestión de fondo es “¿por qué no?” Los entornos inflacionarios, con un poder de compra constante y desfavorablemente confiscado a los trabajadores, crean un intenso desagrado ante las reducciones nominales de salarios. Si los precios de los bienes de consumo están subiendo continuamente, una reducción en el salario nominal producirá recortes significativos en nuestro poder adquisitivo. La consecuencia de un entorno inflacionista es una idea arraigada, suspicaz y, a veces, intolerante ante cualquier recorte salarial.

Paradójicamente, los bancos centrales (esas instituciones creadas para combatir las reducciones de producción causadas por precios rígidos a la baja) son, para empezar, la razón por la que algunos precios exhiben esta rigidez. A medida que aumenta la oferta monetaria, aparece la inflación de precios. A medida que se produce la inflación de precios, la fijeza de los salarios se convierte en norma, los trabajadores protestan contra las reducciones en su poder adquisitivo mediante recortes en sus salarios nominales (o incluso por una falta de aumento salarial al ritmo de la inflación de precios).

Durante los periodos de deflación (o estabilidad) de precios, los recortes nominales de salarios no tienen que convertirse necesariamente en pérdidas de poder adquisitivo. Si, por ejemplo, los precios de los bienes de consumo bajaron un 3% el año pasado y una camarera no tiene ningún aumento nominal en la paga, su salario real (en términos de poder adquisitivo) aumentaría ese 3% en cuestión.

Décadas de bancos centrales aumentando la oferta de dinero han ocasionado un periodo sostenido de precios al alza. Dentro de la Eurozona, esto ha resultado especialmente pronunciado en muchos de los países del sur.

Grecia ha resultado ser un ejemplo extremo. Después de su ingreso en la Unión Europea (UE), Grecia fue testigo de un periodo de aumento de la demanda de su deuda pública. La disminución del riesgo percibido de impago generó tipos de interés más bajos. Esta aparente buena fortuna permitía que se disparara el gasto, llevando a los precios al alza en una espiral frenética.

El primer responsable de este auge inflacionista fue el Banco Central Europeo (BCE), dispuesto a aceptar bonos públicos de cualquier estado miembro de la UE como colateral de sus programas de préstamo. La deuda publica fue monetizada en la práctica, haciendo mayores las presiones inflacionistas.

El reciente problema fiscal del país no ha hecho nada por aliviar esta situación precaria. EL BCE continuará aceptando bonos públicos griegos (ahora calificados como basura) monetizando aún más las deudas de la república helena y prolongando la trampa inflacionista.

La trampa se estrecha, porque cuanto más duren las fuerzas inflacionistas, más fuertes será la aversión de los trabajadores a pagar los recortes. Al rechazar reducciones de salarios, los trabajadores deben aceptar el desempleo (que, gracias a un seguro de desempleo relativamente generoso, sigue siendo una opción atractiva para muchos). Sin mano de obra productiva, la salida de la recesión actual es poco probable.

Así que la economía griega sufre por su rigidez de costes anormalmente alta.

Este problema viene instigado por el estado. Por ejemplo, es más caro transportar un saco de patatas del norte montañoso del país a Atenas que llevar el mismo saco de Atenas a Alemania. El transporte, como muchos sectores de la economía griega, es compuesto por cárteles impenetrables no dispuestos a ajustar los precios a la nueva realidad.

Los empleados no están, en su mayor parte, dispuestos a aceptar recortes salariales, por miedo a que los continuos aumentos de precios destruyan su poder adquisitivo. Una mano de obra fuertemente sindicalizada complica aún más el proceso, porque cualquier llamada a la austeridad  es recibida con protestas agresivas incitadas por los líderes sindicales. Los precios actuales hacen que los salarios existentes no resulten atractivos para muchos. Thanos Petrou, un estudiante universitario de Atenas, se lamentaba de que “Si consigo un trabajo como pasante de abogado, sólo ganaré 300€ al mes. ¿Cómo se puede vivir con eso?”

Por desgracia, las cosas empeoran cuando vemos otras medidas que servirían para reforzar la aversión griega a los recortes. Un cálculo real de los salarios sólo puede hacerse basándose en la situación después de impuestos. Después de todo, no se juega al golf y se cuentan sólo los golpes después de que la bola llega al green. Con equipos del FMI y burócratas de la Eurozona promoviendo paquetes de austeridad para los funcionarios del sector público griego, la rigidez fiscal pasará al primer plano.

Pocos disfrutan pagando impuestos, especialmente en Grecia. Las diferencias entre lo que gana la gente o los activos gravables poseídos y lo que se declara a la autoridad fiscal se conocen ampliamente.

Un suburbio rico del norte de Atenas, donde las temperaturas en verano llegan habitualmente a los 32º, tenía sólo 324 residentes que declararan sus piscinas en sus declaraciones de impuestos el año pasado. Los inspectores fiscales revisaron fotos del barrio por satélite y descubrieron que el número era un poco distinto: se habían construido 16.974 piscinas en los patios traseros para refrescarse durante los agobiantes veranos.

Igualmente, una investigación a 150 doctores en el moderno barrio de Kolonaki (con consultas entre tiendas de Prada y boutiques de Chanel) descubrió que la mitad de todos los médicos declaraban rentas de menos de 40.000$. Treinta y cuatro declararon una renta de menos de 13.300$ el nivel máximo que les permitía no pagar ningún impuesto.

Un estudio de la Federación de Industrias Griegas estimaba que la evasión fiscal podría haber superado los 30.000 millones de dólares el último año. Este dinero podría haber ido en buena parte a aliviar los males del debilitado gobierno y seguramente los encontrarán los ojos depredadores de los cautelosos salvadores de Grecia: los amables países de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Con el actual plan de rescate de 146.000 millones de dólares (110.000 millones de euros) en juego, estos acreedores se verían muy presionados como para consentir que persistan por mucho tiempo estos niveles de flagrante evasión fiscal, si no quieren que su devolución se vea comprometida.

Ese comportamiento puede resultar más difícil de cambiar en los hechos que en las palabras. La evasión fiscal es alta en Grecia por multitud de razones. Algunos creen que la larga historia de la ocupación turca hace a los griegos escépticos ante su gobierno y hartos de financiarlo. De hecho, esconder la riqueza en una cultura en la que la creencia extendida es que el dinero es un mal (se piensa que los productivos han robado a los improductivos y que están obligados a pagar sus retribuciones) es una respuesta racional para preservar la riqueza propia. Lo más probable es que los griegos estén esencialmente en desacuerdo con la forma en que se emplean los euros de sus impuestos: uno estaría mucho menos dispuesto a rechazar pagar impuestos si la causa al menos se ajusta a sus preferencias.

Pedir a los trabajadores griegos que acepten un recorte salarial y empiecen a pagar todos sus impuestos sería difícil, salvo que los precios caigan de golpe.

Como probablemente el gobierno use el incremento de ingresos fiscales para aumentar sus propios programas de gasto, las presiones sobre la inflación de precios disminuirán poco. Tampoco se controlará la inflación mientras el BCE continúe monetizando la deuda griega. Sin que la inflación dé un respiro, los trabajadores no aceptarán recortes de salarios (ni siquiera su estabilidad). Sin bajada en los costes de entrada (principalmente en salarios) la producción decaerá. Esta caída de la producción viene “fijada” a corto plazo por el aumento en la fiscalidad y la mayor inflación inducida por el BCE, completando el círculo vicioso.

Los griegos apenas entienden que la deflación podría ser una buena alternativa, y que realizar recortes salariales es un elemento esencial para la recuperación. Un régimen fiscal opresivo les ha transformado en un pueblo que depende de evadir impuestos para mantener su estilo de vida.

Las acciones de la Eurozona, y especialmente el BCE, durante las últimas semanas han indicado que las ideas de que se espera una inflación prolongada no van a cambiar aún. Los burócratas de la Eurozona pronto obligarán al pago de impuestos, tanto tiempo evitado por el pueblo griego. Ningún resultado conducirá al país a una recuperación sostenible.

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