Reflexiones sobre la guerra

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Por: Alberto Benegas Lynch
Fundación Libertad y Democracia

En la antigüedad, los vencidos eran masacrados por las fuerzas victoriosas en la contienda. Los adultos eran degollados, las mujeres profetizaban con las entrañas de los muertos, se construían cercos con los huesos de los derrotados y los niños eran sacrificados para rendir culto a los dioses. Luego, en un proceso evolutivo, los ejércitos vencedores tomaban como esclavos a sus prisioneros (“herramientas parlantes” como se los denominaba, haciendo uso de una terminología que revelaba la barbarie del procedimiento).

Mucho más adelante, se fueron estableciendo normas para el trato de prisioneros de guerra que finalmente fueron plasmadas en las Convenciones de Ginebra y, asimismo, fueron suscitándose debates aun no resueltos sobre temas tales como la “obediencia debida” y los “daños colaterales”. En el primer caso, algunos sostienen con razón que si bien en la cadena de mando no tiene sentido permitir la deliberación y la discusión de las órdenes emanadas de la jerarquía militar y menos en plena trifulca, hay un límite que no puede sobrepasarse. Es decir, tratándose de órdenes aberrantes no puede alegarse la “obediencia debida” como excusa para cometer actos inaceptables para cualquier conducta decente, aun en la guerra.

El segundo caso alude a la matanza, la mutilación o el daño a personas que nada tienen que ver en la contienda y la destrucción de bienes que pertenecen a inocentes. Esto se ha dado en llamar “daños colaterales” por los que se argumenta deben responder penalmente los agresores. Porque solo se justifica la defensa propia, esto es, el repeler un ataque pero nunca se justifica una acción ofensiva y tras la máscara de los daños colaterales se esconde no simplemente la mera acción defensiva, sino el uso de la fuerza para propósitos de agresión. En este sentido, el cuadro de situación es el mismo que cuando se asalta un domicilio: los dueños del lugar tienen el derecho a la defensa propia pero si llegaran a matar o herir a vecinos que nada tienen que ver con el atraco, se convierten de defensores en agresores por lo que naturalmente deben hacerse responsables.

Resulta que en medio de estos debates para limitar y, si fuera posible, eliminar las acciones extremas que ocurren en lo que de por sí ya es la maldición de una guerra, aparece la justificación de la tortura por parte de gobiernos considerados baluartes del mundo libre, ya sea estableciendo zonas fuera de sus territorios para tales propósitos o expresamente delegando la tortura en terceros países, con lo que se retrocede al salvajismo mas cavernario.

Cesare Beccaria (1764/1994:52-3), el pionero del derecho penal, afirmaba en De los delitos y de las penas que “Un hombre no puede ser llamado reo antes de la sentencia del juez […] ¿Qué derecho sino el de la fuerza será el que de potestad al juez para imponer pena a un ciudadano mientras se duda si es reo o inocente? No es nuevo este dilema: o el delito es cierto o es incierto; si es cierto, no le conviene otra pena que la establecida por las leyes y son inútiles los tormentos porque es inútil la confesión del reo; si es incierto, no se debe atormentar a un inocente, porque tal es, según las leyes, un hombre cuyos delitos no están probados […] Este abuso no se debería tolerar”. Y continúa con la crítica a quienes alegan contradicciones en las que incurren personas torturadas “como si las contradicciones comunes en los hombres cuando están tranquilos no deban multiplicarse en la turbación del ánimo todo embebido con el pensamiento de salvarse de un inminente peligro […] No vale la confesión dictada durante la tortura” (ib.:54 y 56).

Los fines no justifican los medios. En el fin están presentes los medios. No es posible escindir fines y medios. Descender al nivel de la canallada para combatir a la canallada terrorista, convierte también en canallas a quienes proclaman la lucha contra el terror. Por este camino se pierde autoridad moral y la consecuente legitimidad. Incluso si se creyera que una persona posee la información sobre la colocación de una bomba que hará estallar el planeta -aún bajo la sospecha que el sujeto en cuestión fuera cómplice- no es justificable abusar de una persona. No caben análisis utilitarios sopesando unas vidas frente a otras. Nadie puede ser usado como medio para los fines de otros. Toda persona tiene un valor en sí misma. No pueden sacrificarse algunos para salvar a muchos otros. Una vez que se acepta colocar a seres humanos en balanzas como si se tratara de una carnicería, se habrá perdido el sentido de humanidad y los valores éticos sobre los que descansa la sociedad abierta. Una vez aceptados estos balances se abren las puertas para aberraciones tales como que se exterminen jubilados en beneficio de la población joven más numerosa y así sucesivamente. Permitir el abuso extremo del poder provoca daños irreparables en la sociedad ya que se dejan de lado los signos más elementales de civilización.

El caso hipotético de la bomba que hará estallar el planeta supone más de lo permisible. Supone que el torturado en verdad posee la información, que la bomba realmente existe, que no es una falsa alarma, que se puede remediar la situación, que el torturado trasmitirá la información correcta, etc. Como ha escrito Beccaria si no se sabe que una persona ha cometido un delito no es permisible sancionarlo antes de sentencia judicial y si se sabe es superflua la tortura (además de lo que también señala en cuanto a que la información recabada durante la tortura no es confiable, lo cual es confirmado por quienes manejan detectores de mentiras).

Michael Ignatieff nos dice (2004) que “La democracia liberal se opone a la tortura porque se opone a cualquier uso ilimitado de la autoridad pública contra seres humanos y la tortura es la más ilimitada, la forma más desenfrenada de poder que una persona puede ejercer contra otra”. Explica que en situaciones límite es perfectamente legítima la defensa propia pero la tortura no solo ofende al torturado sino que degrada al torturador. Ignatieff sugiere que para evitar discusiones inconducentes sobre lo que es y lo que no es una tortura, deberían filmarse los interrogatorios y archivarse en los correspondientes departamentos de auditoría gubernamentales.

No cabe la pregunta tramposa de que haría una persona frente a un sospechoso de haber secuestrado a su hijo. Este tipo de escenarios desdibujan lo que debe ser una norma civilizada y la sustituyen por lo que podría hacer una persona en el contexto de una situación de extrema conmoción. Una cosa es lo que debería hacerse y otra la que eventualmente resulta de lo que hace un ser humano en una situación límite. Por ejemplo, en medio de un naufragio una persona puede no atender los requerimientos del dueño del único bote disponible en cuanto al orden de prelación de quienes pueden hacer uso de él y, en cambio, imponer la salvación de su familia. Pero, nuevamente, a lo que apuntamos es a lo que debería hacerse y no lo que hace determinada persona en ciertas circunstancias. Del mismo modo, en nuestro caso, estamos pensando sobre la posición civilizada frente al abuso de una persona a través de la tortura.

También en la actualidad se recurre a las figuras de “testigo material” y de “enemigo combatiente” para obviar las disposiciones de la antes mencionada Convención de Ginebra. Según el juez estadounidense Andrew Napolitano (2004:154,159 y ss.) el primer caso se traduce en una vil táctica gubernamental para encarcelar a personas a quienes no se les ha probado nada pero que son detenidas según el criterio de algún funcionario del poder ejecutivo y, en el segundo caso, nos explica que al efecto de despojar a personas de sus derechos constitucionales se recurre a  un subterfugio también ilegal que elude de manera burda las expresas resoluciones de la Convención de Ginebra que se aplican tanto para los prisioneros de ejércitos regulares como a combatientes que no pertenecen a una nación.

En diferentes lares se ha recurrido a procedimientos terroristas para combatir a las bandas terroristas. En lugar de la implementación de juicios sumarios, con la firma de actas y responsables, se optó por el asesinato y la inadmisible figura del “desaparecido” y la apropiación de bebes falsificando identidades. A través de estas formas tremebundas, eventualmente se podrá ganar una guerra en el terreno militar pero indefectiblemente se pierde en el terreno moral. El procedimiento de los encapuchados y la clandestinidad no solo conduce a que los supuestos defensores del derecho se equiparen a los terroristas sino que desaparece toda posibilidad de control una vez que se da carta blanca a la impunidad, con lo que los abusos se extienden en grado exponencial en todas direcciones(Benegas Lynch, 1999:133 y ss.).

De más está decir que lo dicho no justifica la bochornosa actitud de ocultar y apañar la acción criminal del terrorismo que no solo tiene la iniciativa sino que pretende imponer el totalitarismo cruel y despiadado que aniquila todo vestigio de respeto recíproco. No solo esto, sino que estos felones tampoco reconocen ciertos terrorismos de estado, por ejemplo el impuesto a rajatabla en la isla-cárcel cubana durante el último medio siglo. Esta grotesca hemiplegia moral está basada en el desconocimiento mas palmario del derecho y en una burla truculenta a la convivencia civilizada. Por otro lado, no pocos de los que adhieren a estas posiciones de muy baja estofa aluden a los “derechos humanos” como si no advirtieran el pleonasmo, ya que las rosas y las piedras no son sujetos de derecho.

Curiosamente, en algunos casos, para combatir al terrorismo que, como queda dicho, apunta a la liquidación de las libertades individuales, se opta por aniquilar anticipadamente dichas libertades a través de la detención sin juicio previo, el desconocimiento del debido proceso, se vulnera el secreto bancario, se permiten escuchas telefónicas y la invasión al domicilio sin orden de juez competente. En toda sociedad libre existen riesgos de que alguien introduzca súbitamente un cuchillo en el abdomen del vecino, pero para evitar riesgos semejantes habría que destinar un policía a cada persona (incluso mientras duerme) con lo que se habrá perdido la seguridad y la libertad al entronizar un estado policial bajo la permanente mirada del “gran hermano” orwelliano. Incluso se pretenden disminuir riesgos imponiendo documentos gubernamentales de identidad únicos, sin percibir que es el mejor método para acentuar la inseguridad ya que con solo falsificar esa documentación quedan franqueadas todas las puertas en lugar de aceptar registros cruzados y de múltiples procedencias. Tal como explica Harper (2006:189), posiblemente se perciba este error si se sugiere que el gobierno establezca obligatoriamente una llave única para abrir la puerta de nuestro domicilio, la caja fuerte, la oficina, el automóvil y, además, provisto por una cerrajería estatal.

En el contexto de la defensa propia, puede presentarse el caso extremo y horripilante que el agresor recurra a escudos humanos para perpetrar su ataque. El derecho a la vida supone el de preservarla a través de los derechos de propiedad y de defenderla vía la antedicha defensa propia. En el caso que ahora nos ocupa, si no fuera aceptable moralmente contrarrestar el ataque debido a los escudos humanos, desaparecería la posibilidad de la defensa propia con lo que desaparece el derecho a la vida, lo cual, a su vez, torna imposible la existencia de todo derecho. Sin duda que árbitros y jueces imparciales analizarán el caso y se resultaba posible ejercer el derecho a la defensa propia sin afectar a los escudos humanos, pero el recurrir a semejante medio para agredir responsabiliza al agresor por las consecuencias de la acción doblemente criminal puesto que está agrediendo a las víctimas del asalto y a los escudos humanos.

En algunas oportunidades se suele hacer referencia a las sociedades primitivas con cierto dejo peyorativo, sin embargo, algunas de ellas ofrecen ejemplos de civilidad como es el caso de los aborígenes australianos que circunscribían los conflictos armados a las luchas entre los jefes, o los esquimales que los resolvían recitando frente a la asamblea popular según la resistencia de cada bando en pugna, tal como relata Martin van Creveld (1999:6-7). Es para atender con cuidado lo de los aborígenes australianos porque si hoy se aplicara esa tesitura las guerras serian prácticamente inexistentes ya que a los comandantes en jefe por lo general les gusta estar bien pertrechados y a buen resguardo mientras alardean sobre las bienaventuranzas del arrojo y el espíritu de lucha. No es novedoso este proceder, ya Kant había consignado (1795/1972:104) que, habitualmente, en la práctica “El jefe del Estado no es un conciudadano, sino un amo y la guerra no perturba en lo más mínimo su vida regalada.”

Las guerras aparecen hoy entre naciones, no sabemos si en el futuro tendrán cabida estas concepciones políticas ya que la aventura humana es un proceso en constante estado de ebullición y abierto a posibles refutaciones. Solo podemos conjeturar que las divisiones y fraccionamiento del planeta en jurisdicciones territoriales, por el momento, a pesar de las extralimitaciones observadas (lo relevante es imaginarse los contrafácticos), hacen de reaseguro para los fenomenales riesgos de concentración de poder que habría en caso de un gobierno universal. Desde luego que de este hecho para nada se desprende la absurda xenofobia por la que las fronteras se toman como culturas alambradas e infranqueables para el tránsito de personas y el comercio de bienes.

En 1869 la Ligue Internationale et Permanénté de la Paix de Francia, organizó un concurso para premiar al mejor libro sobre la guerra. Juan Bautista Alberdi preparó El crimen de la guerra  para tal fin pero no llegó a completar la obra y, a su muerte, en París, el escrito fue encontrado entre sus papeles personales y fue publicado . En ese trabajo, entre otras cosas, leemos (1869/1934:37,41-2 y 47 que “el derecho de la guerra, es decir el derecho del homicidio, del robo, del incendio, de la devastación en la más grande escala posible; porque esto es la guerra, y si no es esto la guerra no es guerra. Estos actos son crímenes por las leyes de todas las naciones de mundo. La guerra los sanciona y convierte en actos honestos y legítimos, viniendo a ser en realidad la guerra el derecho del crimen, contrasentido espantoso y sacrílego, que es un sarcasmo contra la civilización […] La guerra es el crimen de los soberanos […] Que el crimen sea cometido por uno o por mil, contra uno o contra mil, el crimen es en sí mismo siempre crimen […] el proceder debe ser el mismo que el derecho penal emplea diariamente para probar la criminalidad de un hecho y de un hombre […L]a guerra no tiene más que un objeto y un fin, aunque lo cubran mil pretextos: es el interés de ocupar y poseer más poder”.

Respecto de la defensa propia, Alberdi escribe (op.cit.:51-3) que “La guerra no puede tener más que un fundamento legítimo, y es el derecho de defender la propia existencia. En este sentido del derecho de matar, se funda en el derecho de vivir, y solo en defensa de la vida se pude quitar la vida”, pero advierte  que “Nadie se confiesa agresor, lo mismo en las querellas individuales, que en las de pueblo a pueblo […] La defensa se convierte en agresión, el derecho en un crimen, desde que el tamaño del mal hecho por la necesidad de la defensa, excede del tamaño del mal hecho por vía de agresión no provocada. Hay o debe haber una escala proporcional de penas y delitos, en el derecho internacional criminal, como la hay en el derecho criminal interno o doméstico”. Contemporáneamente el ejemplo más patético de la defensa convertida en agresión probablemente esté constituido por la llamada “invasión preventiva” que, por otra parte, marca un pésimo precedente internacional ya que abre las puertas a las mayores arbitrariedades.

No ayuda para nada al clima de pacificación que a los niños cotidianamente se los haga cantar a voz en cuello himnos guerreros en los colegios y que sus padres suelan regalarles soldaditos, ametralladoras de juguete y granadas para divertirse con sus amiguitos, quienes, en sus ratos de esparcimiento, y después de las tareas escolares -que no es infrecuente que consistan en memorizar la enumeración de armamentos con que contaban distintos ejércitos en conflicto- muchas veces se encierran en locales de videojuegos donde se desatan competencias desenfrenadas para ver quien extermina a más gente.

En el magnífico segundo epílogo de La guerra y la paz (1869/1942:1313), Tolstoy se queja por la costumbre de historiadores que se limitan a “describir la actividad de individuos que gobiernan a la gente y consideran que la actividad de esos hombres representan la actividad de toda la nación […] La historia moderna no debería estudiar la manifestación del poder sino las causas que lo engendran”.

En las plazas de buena parte de las ciudades aparecen intranquilizadoras efigies de generales a caballo blandiendo espadas en actitudes nada conciliadoras. Para ilustrar el tema, en París, para cualquier observador liberal, hay demasiado Napoleón y muy poco Voltaire. En la sección mencionada de la obra de Tolstoy (ib.:1315) se alude a Napoleón de este modo: “Conquistó a todos en todas partes, esto es, mató a mucha gente porque era un gran genio. Por alguna razón se fue a matar africanos y los mató tan bien y de una manera tan astuta e inteligente que cuando retornó a Francia ordenó que todos lo obedecieran y todos lo obedecieron. Cuando fue emperador otra vez se fue a matar gente a Italia, Austria y Prusia.”

Por su parte, Paul Johnson escribe en su libro sobre Napoleón (2002:186) que “Albert Speer, el asesor y arquitecto de Hitler era bonapartista y la relación con su amo tenía extraños paralelos con la de Denon [Dominique Vivant] y el emperador. Ningún dictador del trágico siglo veinte desde Lenin, Stalin y Mao a los tiranos pigmeos como Kim Il Sung, Castro, Perón, Mengistu, Saddam Hussein, Ceausescu y Kadafi estaban exentos de los ecos distintivos del prototipo napoleónico […] Los grandes males del bonapartismo: la deificación de la fuerza y la guerra, la todopoderosa centralización del estado, el uso de la propaganda cultural para ensalzar al autócrata y la dominación de pueblos enteros en busca de poder personal, obtuvo su odiosa maduración en el siglo veinte que se conocerá como la era de la infamia.” Porque como dice el mismo autor en otro de sus ensayos históricos (1983:729) : “El estado ha probado ser un gastador insaciable, un derrochador sin paralelo. En verdad, en el siglo veinte también probó ser el gran matador de todos los tiempos. Para 1980 la acción estatal fue responsable de la muerte violenta de más de cien millones de personas, mas quizás que lo que logró destruir durante toda la historia de la humanidad hasta 1900.”

El ansia de poder político, los nacionalismos y la intolerancia religiosa han sido y son las causas principales de las guerras. Las delimitaciones territoriales de aquel concepto dieciochesco de nación fueron y son establecidas por las acciones bélicas, cuando no los meros accidentes de la geografía. Aldous Huxley apunta (1959/1977:94-5) que “No podemos decir que un país es una población que ocupa un área geográfica determinada, porque se dan casos de países que ocupan áreas vastamente separadas […] No podemos decir que un país está necesariamente relacionado con una sola lengua, porque hay muchos países que la gente habla muchas lenguas […] Tenemos la definición de un país como algo compuesto de una sola estirpe racial, pero es harto evidente que esto resulta inadecuado, aun si pasamos por alto el hecho que nadie conoce exactamente que es una raza […] Por último, la única definición que la antigua Liga de Naciones pudo encontrar para una nación era que es una sociedad que posee los medios para hacer la guerra.” Es por ello que Arthur Koestler concluye (1983:257) que, a pesar de que se vocifera que las guerras se hacen “para que no hayan mas guerras, […] no se puede jugar indefinidamente a la ruleta rusa.”

Dejando ahora de lado los tremendos horrores presentes en  toda guerra y los indecibles padecimientos perpetrados por diferentes gobiernos, quisiera terminar estas líneas con dos notas de humor. La primera al recordar la celebrada producción cienematográfica de Woody Allen titulada Bananas. Allí, antes de involucrarse en un conflicto armado ya desatado, el comandante les comunica a sus soldados que, esta vez, no asumirá ningún riesgo de una posible derrota (“I will not take any chances”), por tanto, decide que la mitad de sus fuerzas lucharán por un bando y la otra peleará en el sector opuesto.

La siguiente nota humorística se refiere a una secuencia de uno de los libros de  quien peleó en la Segunda Guerra y en Corea, ascendió al rango de coronel en el ejército norteamericano y fue dos veces condecorado con la Legión de Mérito. Se trata de  Richard Armour quien recapacita sobre la guerra en Todo empezó con piedras y palos que, a pesar de ser un escrito de carácter histriónico, revela profundidad en sus observaciones (1972/1974:11-12): “Cuando un hombre mata a otro hombre es asesinato […] ¿Quién ha oído hablar de exhortaciones al asesinato, de canciones al asesinato, de alianzas de asesinato? El hombre primitivo era demasiado obtuso para darse cuenta de que si suficiente cantidad de gente mataba a suficiente cantidad de gente ya no sería asesinato sino guerra. Entonces, en vez de ser mal mirado, daría lugar a vivas y discursos. Otra diferencia entre el asesinato y la guerra es donde y cuando tienen lugar. El asesinato se lleva a cabo en callejones oscuros y detrás de puertas cerradas y cuando nadie está mirando. La guerra en los campos de batalla, al aire libre, con reporteros de periódicos y fotógrafos y aun cámaras de televisión para tomar nota. Evidentemente, hay algo hipócrita en el asesinato que contrasta con la guerra. El hombre primitivo, sin advertir las ventajas morales y sociales de la guerra, a pesar de todo, hizo algún progreso. Aunque continuaba matando a la manera antigua, un persona por vez, avanzó bastante en la fabricación de armas”… y, en este último sentido, tengamos muy en cuenta que, como bien dice el actor en Lord of War, “nada hay mas costoso para un traficante de armas de guerra que la paz”.

Referencias bibliográficas

Alberdi, Juan Bautista (1869/1934)  El crimen de la guerra, Buenos Aires, Consejo Deliberante de la Capital.

Armour, Richard (1972/1974)  Todo comenzó con piedras y palos, Buenos Aires, Edición La Isla.

Beccaria, Cesare  (1764/1994)  De los delitos y de las penas, Barcelona, Ediciones Altaya.

Benegas Lynch, Alberto (h)  (1999)   Las oligarquías reinantes, Buenos Aires, Editorial Atlántida.

Creveld, Martin van  (1999)  Rise and Decline of the State, Cambridge University Press.

Harper, James (2006)  Identity Crisis, Washington DC, Cato Institute.

Huxley, Aldous (1959/1977)  La situación humana, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.

Ignatieff, Michael (2004)  “Evil under Interrogation: Is Torture ever Permissible?”, Londres, Financial Times, mayo 15.

Johnson, Paul  (1983)  A History of the Modern World, Londres,  Weidenfeld and Nicolson.

__________  (2002)    Napoleon, Toronto, Pinguin Book.

Kant, Emmanuel (1795/1972)  La paz perpetua, Madrid, Austral.

Napolitano, Andrew (2006) Constitutional Chaos, New York, Nelson Current.

Koestler, Arthur (1983)   En busca de lo absoluto, Barcelona, Kairós.

Tolstoy, Leo  (1869/1942)  War and Peace, New York, Simon and Schuster.

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