Occam, Funes y el Derecho

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Cuando hoy en día los abogados estudiamos Derecho, asumimos que este es un sistema que ha sido igual desde el inicio de la convivencia humana; poco se profundiza en las universidades sobre la historia y la evolución que ha tenido esta ciencia a través de los siglos. El Derecho ha evolucionado tanto como ha evolucionado la historia y la humanidad.

Por ejemplo, en la edad media no se distinguía entre Derecho y Religión, o incluso, se consideraban a los animales como sujetos de derecho y se los enjuiciaba. Luego, con el humanismo y el renacimiento, esto dejó de ser así y tuvimos entonces el Derecho con el ser humano en el centro de su concepción y desarrollo (el comienzo del Derecho moderno). Así también, las dos Guerras Mundiales nos llevaron a concebir los Derechos Humanos y el Derecho Internacional entre Estados; todo en pro de poder alcanzar (como pretenciosamente ha intentado el hombre a través del Derecho) una vida cada vez más cerca de eso que denominamos como “felicidad”.

Sin embargo, el Derecho como instrumento mediador entre una realidad social determinada y ciertos valores que los grupos con poder legislativo (independientemente del sistema político, llámese dictatorial o democrático) han logrado juridificar, han creado el problema de la interpretación del Derecho y ha sido una lucha constante entre los iusnaturalistas y los positivistas, por lo menos desde el nacimiento del Derecho moderno.

El origen de todo esto está en un inglés llamado Guillermo de Occam, quien durante la Edad Media Tardía desafió los conceptos universales de Santo Tomás (en los que se basan la mayoría de nuestros actuales Derechos Humanos). Postuló, por ejemplo, que no existe el concepto de “Humanidad” o “Justicia”, entre otros universales; afirmando que lo único que existen son los conceptos nominales; es decir, no la humanidad, sino “un ser humano”, no la justicia, sino “un hecho justo”, etc.

Occam mencionaba que el hombre agrupa las cosas en universales por un defecto que le impide expresarse (y que además lo haría extremadamente costoso en la práctica) en términos nominales, ya que esto implicaría los miles de detalles de cada objeto. Fernando de Trazegnies hace alusión a este concepto de cómo sería la vida de un ser humano cuyo lenguaje no contenga universales y lo compara con el personaje Funes del cuento de Jorge Luis Borges; es decir, alguien que nombra absolutamente todas las partes de todo lo que existe por su nombre. Esta concepción, originaria de Occam, es la que lleva a dejar atrás el planteamiento de los universales de Tomás de Aquino, en los que se basan muchos de los conceptos del iusnaturalismo y dan paso, primero, a la ciencia moderna que busca el detalle de las cosas por su nombre (la vuelta de la metafísica tomasina a la física de la ciencia moderna) y abre paso, en el campo del Derecho, a lo que muchos años después nacerá como positivismo jurídico.

Occam dejó atrás lo que Tomas de Aquino denominó la “esencia”, que es eso que justamente une a los universales. Dicho de otra forma, todos los hombres pueden ser nominalmente diferentes, pero todos tienen la “esencia de ser humano” o todos los arboles tienen en común la “esencia de árbol”. Occam postula que los universales no son más que una pura necesidad práctica del lenguaje y una creación mental de la realidad que no tiene sustento en la misma. En esta última lo único que existe son conceptos nominales. No ninguna “esencia”.

Si nos ponemos a pensar, en el fondo, es la misma discusión que seguimos sosteniendo hoy en día cuando nos expresamos de hechos jurídicos que pueden ser legales o ilegales, pero que se tornan más complicados cuando los intentamos concebir como “justos” o “injustos” ¿Qué es entonces la justicia? ¿No será que lo que hay son solo hechos justos? ¿Pero como los identificamos? Y esa es justamente la gran dificultad del iusnaturalismo. No obstante, es preciso reconocer también que el positivismo tiene sus dificultades, pues implicaría tener la capacidad de plasmar en el texto (nominalmente) todos los aspectos de la realidad y todos los supuestos posibles de aplicación, cuestión que está demás decir es imposible al igual que la capacidad de Funes para nombrar a todo por su nombre particular.

A lo que queremos llegar es a la conclusión de que el Derecho moderno es fruto de este discurrir constante entre el iusnaturalismo y el positivismo, que hasta el día de hoy no tiene respuesta. No obstante, es importante comprender que este concepto del Derecho no es nuevo, sino que tiene una evolución que viene de mucho antes en nuestra historia. Es comprender que el Derecho es evolutivo (como lo es nuestro pensamiento) y que quizá muchos de los problemas de nuestro actual sistema jurídico podrían, ojalá no tanto en el largo plazo, encontrar una solución. Todo, siempre y cuando, como alguna vez hizo Occam, cambiemos nuestros paradigmas.

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