¿Sube, sube Verónika?

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Verónika Mendoza ya empezó a dar de qué hablar; sin embargo, esto sólo se ha dado entre las voces de las esferas mediáticas y políticas. El grueso de ciudadanos fuera de estas aún no vincula el nombre de Verónika Mendoza a un rostro y mucho menos a una idea. Esto no es de extrañar, si se toma en consideración que Mendoza procede de una izquierda famélica, que ha fracasado en generar adhesión con el sector más descontento del electorado, que carece de una propuesta programática sólida más allá de los lugares comunes y las consignas clásicas como la diversificación productiva, la lucha contra la corrupción e impunidad y la revalorización de la multiculturalidad nacional, entre otras. Todos ellos rótulos que simbolizan elementos valiosos y hasta necesarios en este país, pero que no dejan de ser meros rótulos si  no se ahonda en sus implicancias.

Lo planteado por Mendoza, tanto en su video de lanzamiento como en las opiniones y entrevistas que ha concedido tras el mismo, siguen siendo apelaciones  vagas al sentimiento. Falta pues que especifique qué y cómo generará políticas públicas coherentes a su prédica pero, que sobretodo, sean útiles en la renovación nacional y la tan necesaria reforma estatal que dice encarnar. La orfandad de un programa articulado y la incapacidad de trascender al rótulo no es un vicio exclusivo de Mendoza y sus simpatizantes. Alan García se ha encasillado en hablar de la reactivación económica y listar las cifras de crecimiento durante su segundo gobierno. Toledo, presa de su desesperación, ha  abogado por uno de los clichés más grandes para llamar la atención del votante peruano: la incorporación de los militares a la lucha contra la delincuencia. PPK va un poco más allá señalando la falta de infraestructura y la necesidad de profundizar la reforma educativa, así como la reducción del IGV en cinco puntos porcentuales. Keiko guarda solemne silencio y le resulta bastante bien.  Tal tendencia en la ligereza se justifica en la realidad, pues es innegable que mientras más se ahonda en temas técnicos y de gestión, el impacto del mensaje suele ser menor. Si uno quiere crecer en las encuestas, un eslogan afilado puede más que un programa bien armado. Sin embargo, Mendoza dice simbolizar el cambio político y este empieza desde la campaña. Enlazar bombo y propuesta por favor.

Los rótulos y los lugares comunes son cosa de cada elección, pero que sean corrientes hace que su perjuicio sea aún mayor. Por otro lado, me temo que los dimes y diretes entre candidatos a razón de sus cuestionamientos y hasta denuncias penales eclipsarán cualquier espacio de discusión que no hayan copado ya los clichés. Mendoza en esta dimensión podría salir bien librada, pues su juventud (34 años) y su trayectoria política, por el momento, le dan una imagen  renovadora. Pero para luchar en estas lides, primero debe vencer en las elecciones internas y esto pasa por derrotar a Marco Arana, quien, aunque poco popular, prima en su loseta partidaria. Incluso en un partido tan diminuto como el Frente Amplio, Mendoza tiene la carrera cuesta arriba.

Y todo ello, es decir, la realidad, contrasta con la ilusión. La ilusión que Mendoza y su movimiento “Sembrar” han despertado en muchos de los simpatizantes jóvenes de la alicaída izquierda peruana, que reclama renovación en la clase política empezando por sus propios líderes. Entiendo que pueda despertar también simpatía en parte del electorado que el nacionalismo dejó en la orfandad, pero el cambio requiere escapar de la trampa de la mera ilusión, de la promesa de un futuro que no se sabe cómo habrá de construirse a quienes ni siquiera tienen un presente. Sólo en detalle se podrá saber qué tan acertada o errada está Verónika Mendoza, cuánto se puede simpatizar u oponerse uno a ella. Sólo así dará de qué hablar fuera de las parcelas de siempre, muy probablemente no gane, pero sembrará algo de debate, el cual rara vez tenemos y necesitamos. No es que ella sea la elegida para hacerlo. Aquí no hay elegidos ni providencia como muchos quieren creer. Lo que sí se debe haber, es que si dices simbolizar una alternativa, pues cantas en otra nota, una incluso distinta a la del coro al que perteneces. Aunque Verónika ya ha desafinado cuando respondió sobre el gobierno de Nicolás Maduro. La izquierda ha empezado con el pie izquierdo.

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