Por Camila Freire, estudiante de la Facultad de Psicología de la PUCP y analista de la Unidad de Políticas Públicas de PsychoLAWgy. 

1955. Accedes participar de un estudio sobre percepción. Ingresas a la sala y encuentras otras siete personas sentadas, la última carpeta se encuentra vacía, te sientas. Les presentan dos tarjetas, una con una línea y la otra con tres líneas de diferente tamaño (Ver Figura). Les piden señalar cuál línea de la segunda tarjeta es de igual tamaño a la línea de la primera tarjeta. Todos responden de la misma manera. Se les presentan nuevas tarjetas y sucede lo mismo. -Que tarea tan fácil- piensas. Pero algo distinto sucede en el tercer juego de tarjetas, los siete participantes antes que tú han respondido que la línea B es de igual tamaño, mientras tú estás seguro que es la línea A ¿Qué respondes?

Cuando Solomon Asch realizó este experimento por primera vez, el 75% de los participantes siguió la respuesta del grupo, los cuales eran parte del experimento y a los cuales se les había indicado que debían dar una respuesta incorrecta.  A partir de entonces se realizaron diferentes réplicas del experimento, y diferentes versiones de este que permitieron estudiar este mismo efecto y su relación con otras variables. El experimento de conformidad de Asch sigue siendo hasta el día de hoy un experimento clásico de la psicología social que estudia el poder de la influencia social y la tendencia de las personas a seguir al grupo.

1963. Lees en el periódico que una universidad está buscando voluntarios para un estudio sobre memoria y aprendizaje, se le dará una pequeña remuneración económica a los participantes sólo por asistir ya que estos pueden retirarse del estudio cuando lo deseen. Te acercas a la universidad y al llegar a la sala donde se realizará el estudio te encuentras con otro participante, el investigador sale, entra a la sala utilizando una bata blanca de laboratorio y les entrega unos papeles con los que se sorteará el rol de cada uno en el estudio: Uno será el profesor y el otro será el estudiante. El otro participante ingresa por una puerta y tu ingresas a la del costado con el investigador ya que te ha tocado ser el profesor. Al ingresar encuentras una máquina con distintos botones, es un generador de shocks eléctricos, deberás brindarle uno al estudiante cada vez que responda incorrectamente e ir incrementando el nivel conforme se vaya equivocando. El primer botón es de 30 voltios e incrementa 15 voltios cada botón hasta llegar a los 450 voltios. Conforme avanza el estudio el otro participante responde las preguntas correctamente, pero luego empieza a equivocarse, sus quejas e incomodidad empiezan a aumentar conforme incrementa la descarga hasta que empiezas a escuchar quejas de dolor e incluso gritos. Al mirar al investigador este te solicita que continúes, que el estudio requiere que continúes y que es esencial que sigas. ¿Hasta dónde llegarías?

Cuando Stanley Milgram presentó los resultados de este experimento a un grupo de académicos preguntó primero cuántas personas estimaban que llegarían hasta los 450 voltios, la respuesta fue en promedio 1.2%,  los resultados mostraron que el 65% de  los participantes llegaron hasta el final del estudio brindando una descarga de 450 voltios al otro participante (creo que es importante acá aclarar que el generador de shocks era falso y ninguna descarga eléctrica fue recibida por el otro participante quien era parte del estudio y fingió durante todo el proceso). Este experimento fue replicado también una serie de veces, modificando ciertas variables que incrementaban o disminuían el porcentaje de participantes que llegaban hasta el final del estudio. El experimento de obediencia a la autoridad de Milgram es también un experimento clásico de la psicología social que permite explorar el fenómeno de la influencia social y permite también poner sobre la mesa hasta dónde podría llegar una persona normal por obedecer a un personaje que considere una autoridad.

Ahora, uno de los primeros cuestionamientos a estos estudios es si podemos ver estos efectos fuera del laboratorio, en la vida real, este es uno de los principales cuestionamientos a un experimento realizado en situaciones controladas, ¿cuál es su nivel de generalización? ¿este es un fenómeno que se da en la vida cotidiana o se produce por las condiciones del estudio?

Antes de continuar, es importante acotar que por más negativos que puedan parecer los procesos de influencia social, son una parte natural de las dinámicas sociales de cualquier grupo, ya que como seres sociales nos encontramos constantemente buscando identificarnos con un grupo y pertenecer a este. Esto es porque la pertenencia a un grupo ha sido una estrategia de supervivencia y generadora de bienestar desde los inicios del ser humano.

Volviendo a los estudios presentados anteriormente y a su generalización en la vida real, sería importante preguntarnos si podemos encontrar estos mismos efectos 60 años después en nuestra vida cotidiana. Considero que ejemplos existen varios, pero me gustaría centrarme en uno en específico.

Las últimas semanas han estado dando vueltas por las redes sociales videos de personas que participan de las manifestaciones de #ConMisHijosNoTeMetas. Si bien existen personas quienes tienen una postura clara (con la cual no estoy de acuerdo) con respecto al tema, también vemos vídeos de personas manifestándose en las calles de Lima, bajo un calor de 30 grados y que no saben responder exactamente por qué se encuentran marchando.

Sería simplista decir que todos los que se encuentran apoyando a este colectivo son víctimas de influencia social o que todo es conformidad con un grupo social u obediencia a la autoridad, pero es importante notar que en parte de este grupo existe un proceso de influencia social informativa, descrito por la psicología social como el utilizar las opiniones y acciones de otros como una fuente de información que nos permita guiar nuestras propias acciones y opiniones y tener mayor claridad sobre el mundo social.  No podemos negar tampoco que, en uno de los países más religiosos de América Latina, la Iglesia es reconocida por un gran sector de la población como una autoridad legítima.

¿Este reconocimiento de los procesos intragrupales solucionan los problemas que se ven el día de hoy con respecto a la igualdad de género y el reconocimiento de derechos de minorías? No. Pero es relevante comprender el poder de la influencia social en un grupo de la población y de las autoridades cuando nos encontramos con que se promueven discursos de odio. Es sumamente importante entender las dinámicas grupales y buscar generar cambios a nivel colectivo cuando nos encontramos con sacerdotes que ordenan públicamente matar a parejas homosexuales, niños y niñas que sufren de acoso escolar por ser homosexuales o no alinearse con los estereotipos y roles de género tradicionales, violencia tanto física como verbal y psicológica hacia personas de la comunidad LGTBIQ, entre otras cosas.

Como estudiante de psicología reconozco la importancia de ver más allá de mis posturas personales y sesgos y comprender los procesos que se están dando en las personas, pero esta tarea se extiende más allá de los psicólogos. Es necesario reconocer estos procesos para entender lo peligroso de estos discursos de odio, no seamos ese grupo de académicos que piensa que sólo un 1.2% (según ellos sólo personas realmente sádicas) generarían un daño irreversible a otros porque estudios y ejemplos sobran del poder de la obediencia y la influencia social.

Pero no todo son malas noticias, el poder de la influencia social tiene un límite. Dentro de los resultados encontrados en estudios posteriores se ha demostrado que basta con tener un aliado, una persona que difiera del grupo y en quien apoyarse, para reducir los efectos de esta. Pero para presentarnos como aliados es necesario poder entablar un diálogo y no una polarización como la que se ha estado produciendo los últimos meses. La deshumanización y la asignación de características negativas a todo el que pertenece a un grupo social que piensa distinto a nosotros no nos va a permitir avanzar hacia ninguna parte, ni como personas ni como sociedad.


Referencias

Baron, R.A. y Byrne, D. (2005). Psicología Social (10ª ed.). Madrid: Prentice-Hall.

Hock, R. (2009). Forty studies that changed psychology: explorations into the history of psychological research. Upper Saddle River, N.J., Prentice Hall.

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Obtener un resultado favorable en un juicio o arbitraje; entender al consumidor y a tu cliente; implementar políticas públicas que causen un impacto, o comprender nuestro rol como abogados y alumnos no depende únicamente de haber seguido la carrera de Derecho. Creemos que conocer cómo piensa el ser humano y qué lo motiva a actuar es esencial para el ejercicio de nuestra profesión. Es por ello que, pese haber estudiado Derecho en la PUCP, nos vemos atraídos cada día más a la Psicología y por todas las herramientas que nos brinda. Desde el Psicoanálisis hasta el Neuromarketing, el Análisis Psicológico del Derecho nos otorga, como abogados, una serie de principios, teorías y explicaciones a las conductas y a las relaciones entre todos los operadores del sistema jurídico (tomadores de decisiones, creadores de políticas públicas, litigantes, alumnos, profesores, entre otros). Así, este blog no es otra cosa que un espacio para compartir nuestras ideas con ustedes. Por ahora somos un equipo de cuatro pero esperamos ser muchos más… Mario Drago y José María de la Jara co-dictan el curso de Análisis Psicológico del Derecho en la Universidad del Pacífico. Mario es Asociado del Área de Regulación y Competencia en Miranda & Amado, y José María es Asociado del área de Litigio Arbitral de Bullard, Falla, Ezcurra +. Carlos Rojas Klauer es Asociado del área de Competencia y Propiedad Intelectual de Lazo, De Romaña & Gagliuffi Abogados y tiene estudios en Psicología del Consumidor de la Escuela de Post-Grado de la UPC.

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