Triste historia del amor

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*Cuadro “El Cerrojo” por Jean-Honoré Fragonard

Al momento de realizar una investigación sobre historia medieval o antigua, es necesario comprender la literatura de una época, porque nos permite entender un aspecto de la sociedad que ya no existe. En este caso, cuando hablamos de literatura medieval, esta proposición se refuerza, ya que, la literatura funcionaba como “imitación” literaria del mundo natural y del mundo interior o subjetivo del individuo.

Es clásico de los críticos literarios marxistas dar una connotación social a toda institución estética que se presenta en la obra literaria, a tal extremo de proponerla como una novela sociológica. Sin embargo, no es posible distanciar la idea de la literatura como arte de entretenimiento a una de literatura como relato de la sociedad. Es más, es muy poco probable que una obra literaria responda a este criterio en su totalidad. Lo que sí es cierto es que la literatura no se puede desprender de ciertas problemáticas sociales de la época; por ejemplo, “Las Cuitas del Joven Werther” de Goethe trataba el sufrimiento que todos los jóvenes sufrían por el amor imposible, a tal punto que esta novela finalizaba con el suicidio. Otro ejemplo puede ser los delitos de honor o dramas familiares protagonizados por Shakespeare.

El escritor siente de la influencia de la sociedad e influye ella. El arte no sólo reproduce la vida, sino que también le da forma. (Wellek y Warren, 1969: p. 129).

Para poder analizar la obra literaria con relación a la sociedad, René Wellek y Austin Warren en su libro “Teoría Literaria”, proponen que la obra literaria debe de ser analizada bajo tres aspectos: el primero, es referente a la sociología del escritor; luego, el contenido social de las obras mismas; finalmente, la influencia de la literatura en la sociedad. El presente artículo hará referencia en los famosos delitos de honor que fueron abordados extensamente por las obras de Lope de Vega, el teatro de Calderón de La Barca y Cervantes, debido a que la literatura de la época funcionaba más como una forma de registro, donde reforzaba tendencias de orden social y buscaba la identificación del lector en la obra. La teología moral de la época, la legislación y la literatura fueron las fuentes de regulación de los delitos de honor, pero sólo en la literatura se puede ver cuál era el verdadero modo de aplicación, ya que, nos retrata la sociedad de la época con sus costumbres, virtudes y defectos.

En España, durante el Siglo de Oro, es donde se produjo el mayor número de casos sobre los delitos de honor. Estos se regulaban por un no escrito “Código de honor”, una ideología de influencia germana, latina y cristiana del s. XVI que reunía los sentimientos y actitudes en relación a la persona con su familia y a ambas con la sociedad. Asimismo, existía una fuerte influencia de los escritos teológicos morales de ese momento, ya que abordaba los tradicionales y paternales modos de pensar sobre las relaciones maritales y filiales fraternales. Se llegaron a tener muy en cuenta los pensamientos traídos por el Evangelio de San Pablo y la estigmatización de una ideología nacida de “Eva pecadora”.

Tampoco se pudo dejar de lado el pensamiento aristotélico de que la mujer era un hombre mutilado cuyo castigo tras el pecado era la purificación, redención y salvación tras el sufrimiento. De este modo, el jefe de la familia era visto como una especie de ser divino que ayudaba a la mujer a encontrar su salvación.

El honor no es el concepto clásico que se entiende por esto hoy en día. Lope De Vega lo define muy bien en su obra “Los comendadores de Córdoba”:

“Veinticuatro: ¿Sabes qué es honra?
Rodrigo: Sé que es una cosa que no la tiene el hombre.
Veinticuatro: Bien has dicho: honra es aquélla que consiste en otro; que del otro recibe la honra un hombre;
Ser virtuoso un hombre y tener méritos
No es ser honrado, pero dar las causas
Para que los que le tratan le den honra…” (Lope De Vega 1609: p. 45).

El concepto de honor de la época provenía del Cristianismo, de la definición por Aristóteles como “el galardón que se le otorga a los buenos por su virtud” (Aristóteles 2006: pág.33). Este concepto fue tomado y difundido por San Agustín, mientras que la honra era el juicio que las personas formaban sobre las acciones y virtudes de la persona. Este concepto respondería a la concepción moderna de lo que es la fama.

El bien jurídico que se protegía en los delitos de honor era la honra, en el que producto de su valorización se produce la “absolutización del honor”, concibiéndose a la honra como mucho más importante que la vida. Este fenómeno es producto del Código de Justiniano en el que se nos decía que “el adulterio era un delito más grave que el asesinato, conforme a la máxima de que este delito se lleva la vida de una persona, mientras que la pérdida de honra se llevaba a muchas”. El adulterio era el caso de deshonestidad mayor, en el que el derecho de la época limitaba a que se podía asesinar a la mujer y el hombre, pero solo en caso de deshonestidad flagrante.

Lo que viene a resaltar aquí es que la única forma en que este delito se consumase es si existe una mujer deshonrada, lo que evidencia una discriminación de género. La mujer era el objeto de honra de la familia, ya que este era un bien colectivo que se compartía por relaciones familiares filiales. Esto encuentra su fundamento en el evangelio de San Pablo: “Quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y la cabeza de la mujer es el varón”. El matrimonio había hecho misma carne al hombre y a la mujer, por lo que sus descendientes eran una especie de extensión de ellos mismos.

“Y tiene tanta fuerza y virtud este milagroso sacramento, que haze que dos diferentes personas sean una misma carne; y aun haze más en los buenos casados, que aunque tienen dos almas, no tienen que una voluntad. Y de aquí viene que, como la carne de la esposa sea una mesma con la del esposo, ella caen, o los defectos que se procura, redunda en la carne del marido…” [sic] (Cervantes, 2007: pág.179).

Sin embargo, una mujer ni siquiera era la encargada de proteger la honra, porque ella no podía ni valerse, ni cuidarse por sí misma. La deshonra “no era más que cualquier ataque a la virtud femenina, a su pudor, a su recato o a su deshonestidad” (Postigo Castellanos 2009: pag. 47).

La situación se agrava, porque cuando se producía la deshonra no se tomaba en cuenta la voluntad, querer o no querer. De este modo, las violaciones eran una causante. Tampoco se necesitaba prueba absoluta, tan sólo un indicio razonable para que la deshonra se produzca. El castigo o el mecanismo de restitución de la honra estaba a cargo del jefe de la familia, ya que él era quien debía de encargase de la tutela de este valor y, si no castigaba a la mujer, entonces era visto como cobarde y cómplice de la deshonra.

En este punto, cabe señalar que en la sociedad iglesia del s. XVI era obligatorio en los colegios memorizar líneas de “Las metamorfosis” de Ovidio este texto era un compilado de narraciones sobre violaciones contra las mujeres, por el que trataban de reforzar esta ideología del hombre dominante. Este tipo de obras influye mucho en la ideología de la época. Los mitos que eran parte de la cultura popular se transmitían de generación en generación, y uno de los más importantes es el mito de la violación de Lucrecia:

El cuadro de Tiziano representa el mito sobre Lucrecia. Esta es violada por Tarquino, hijo del rey de Roma en el siglo VI A.C. Ella se niega a ser víctima de violación, pero este la amenaza con asesinarla junto a su esclavo y difundir el rumor de que los encontró teniendo relaciones y los mató para preservar la honra de la familia de ella. Lucrecia acepta ser víctima de esta violación, debido al miedo de ser víctima de una deshonra mayor e irreparable para su familia de haber intimado con un esclavo. Al día siguiente, se lo cuenta a su padre y marido pidiendo venganza, y posteriormente se suicida. Este cuadro representa el momento en que ella debe consentir la violación ante las amenazas de Tarquino.

La mujer era vista como un objeto de extensión del hombre y de su propiedad, en el que no importaba su voluntad, sino que tan sólo representaba un símbolo de pureza. Es así que e llega incluso a postular que la mujer no tenía alma o que su tendencia hacia el mal determinaba la imposición de la pasión sobre la razón, llevándola a ser poseedora de una “imbecilidad natural”.

La muerte de la mujer y el hombre, causantes de la deshonra, era el mecanismo de restitución más idóneo. Esto porque si el honor era equiparable a la vida, entonces los mecanismos para restituirla tenían que ser de igual o mayor valor. Sin embargo, se trató de atenuar los castigos hacia la mujer. La teología y literatura de la época proponían otros mecanismos de solución como el retarse a duelo con el hombre, el exiliar a la mujer al convento, o el distanciamiento entre la familia y la mujer.

El límite impuesto por el Derecho a la deshonestidad flagrante promovió un alto a un abuso de derecho causante de homicidios. Sin embargo, este derecho se malinterpretó y se permitió una extensión en el tiempo, en el que los hombres deshonrados planeaban el asesinato para que se desarrollase de manera sigilosa, mientras que las mujeres aceptaban su muerte, como si existiese un orden natural y este fuese su castigo merecido.

Bibliografía:

Aristóteles
2006 “Ética a Nicómaco”. Editorial Mestas: Madrid.

CERVANTES, Miguel.
2005 El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Ediciones SM: Madrid.

CONCHA, Ángeles
2010 El sustrato cultural de la violencia de género: literatura, arte, cine y videojuegos. Editorial Síntesis: Madrid.

LOPE DE VEGA, Felix
s/f Los comendadores de Córdoba. Consulta <21/02/2012> http://www.desocupadolector.net/servidor/comendadores.pdf

PÉREZ, Pilar
2009 El origen histórico de la violencia contra las mujeres. Dilema Editorial: Madrid.

WELLEK, René y WARRE, Austin
1969 “Teoría literaria”. Editorial Gredos: Madrid.

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Estudiante de derecho y literatura, trabajó en la Sociedad Filarmónica de Lima, redactor cultural en PEIC, ex miembro de la Asociación Civil Themis y del Consejo Editorial de Enfoque Derecho.

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