Por Cuerdas Separadas Terminar la apelación me tomó más tiempo de lo que creí. En las madrugadas marcadas por la somnolencia y el hartazgo, solo un reproche retumbaba en mi cabeza: ¿cómo terminé aquí?, ¿cómo llegué aquí?, ¡¿cómo?! No es por ser adulón, pero lo admiraba. Si me dieran a escoger un referente, de seguro aún sería él. Cuando llevé uno de los cursos obligatorios de civil con Monroy, se presentó como “el adjunto”. Siempre, al final de clases, los veía irse parsimoniosos por el tontódromo, como si el tiempo no trascurriera para ellos. Pensaba: si el profesor lo había escogido, solo podría significar que él era un capo, ¿no? ¡maravilloso! ¡y tan joven! Pero no solo él era una