La evolución de la práctica del Derecho en el Perú

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Por: Thomas Thorndike
Máster en Derecho (LL.M.) – Columbia University. Abogado de Cuatrecasas, Gonçalves Pereira

Hace poco tiempo leí una curiosa entrevista a nuestro actual Presidente de la República, en la que básicamente se le preguntaba respecto a la práctica del Derecho.  En la misma (además de comentar que sólo ejerció como abogado “poco menos de ocho meses”), nuestro Presidente realiza un análisis respecto a la forma como ha venido evolucionando el ejercicio de la profesión, siendo muy crítico respecto a la falta de una formación humanística de los abogados de hoy, el exceso de especialización de los mismos, y la tendencia al ejercicio del Derecho desde “grandes” estudios de abogados (que de alguna forma denomina como “fábricas” de técnicos y no abogados propiamente), animándose a afirmar que todo ello está llevando a que la profesión se venga desvalorizando a pasos agigantados.

Sin perjuicio de discrepar profundamente con muchas de las afirmaciones y críticas de nuestro Presidente (no con todas ellas, porque insiste en que debe mantenerse una formación humanista en las facultades de Derecho, con lo cual estoy absolutamente de acuerdo), la presente nota pretende únicamente dar algunos indicios respecto a lo que ha pasado y viene pasando con el ejercicio profesional del Derecho en nuestro país, de manera que aquellas personas que mantengan puntos de vista similares a los de nuestro Presidente puedan entender realmente la situación existente y formarse una opinión informada al respecto.

El “abogado de la familia”

En la época de nuestros abuelos, “el abogado de la familia” era la figura prominente y representativa de la práctica del Derecho en el Perú. Una figura comparable a un párroco, un hombre sabio y de confianza a quien acudir por consejo respecto a cualquier tema, y cuyo conocimiento de un sinfín de materias era realmente abrumador. Era lo que todo estudiante de Derecho esperaba llegar a ser algún día.

El “abogado de la familia” era también, por lo general, un letrado jurista que dictaba cátedra (muy probablemente en la UNMSM) y que cobraba mucho dinero por escribir consultas de 35 páginas (repletas de “prosa jurídica” y múltiples frases en latín) o por representar a sus clientes en litigios ante la Corte Suprema respecto a problemas jurídicos complejos.    

Pero ser el “abogado de la familia” no era sólo cuestión de elucubración y prosa, era necesario que el personaje en cuestión dedicase largas horas al estudio de la más complicada doctrina italiana, francesa, española y alemana (además de la peruana), junto con la obligatoria lectura diaria del Diario Oficial El Peruano.

El despacho (o estudio, como les llamamos hoy en día en el Perú) del “abogado de la familia”, solía ser una práctica independiente, o en todo caso, un conjunto de prácticas independientes de tres o cuatro “abogados de la familia” –una “comunidad de techo”-, a quienes se les reconocía como tal, sin ningún sentido institucional.  Así, se tenía que estudios como el ya desaparecido Estudio Villarán  (que en su momento fue uno de los estudios más prestigiosos de Lima), por ejemplo, podía ser conocido como “el despacho de Don Manuel” (por Manuel Vicente Villarán), hecho que se replicaba en otros estudios tradicionales y prestigiosos de la época como el Estudio Lavalle.

Finalmente, creo necesario mencionar que en ese entonces no existían la computadora (incluyendo con ello el correo electrónico, el internet y los denominados  “PDAs”, como el blackberry) o el hoy casi obsoleto fax, por lo que la práctica del “abogado de la familia” solía involucrar negociaciones y reuniones presenciales muy largas, muchas cartas (por lo general sumamente extensas y dictadas a una secretaria) y un sinfín de formalidades. 

¿Qué pasó?

Hace un par de años tuve la oportunidad de participar en una transacción de adquisición internacional (adquirentes turcos, vendedores de EE.UU, financiación de bancos ingleses, etc.) bastante importante y que recuerdo mucho (no particularmente por lo agradable de la experiencia).  El valor total de la transacción era de varios cientos de millones de Dólares e implicó el equivalente a doce guías telefónicas en documentos para cerrarse (entre los documentos del financiamiento para la adquisición y de la adquisición en sí misma).  A pesar de todo lo anterior, la transacción concluyó de forma exitosa en tres meses y medio, sin que los abogados o las partes sostengamos reunión presencial alguna hasta el día de la firma.

¿Se imaginan cuanto tiempo le habría tomado al “abogado de la familia” negociar algo similar en los tiempos de nuestros abuelos? ¿Creen que hubiese sido realmente posible hacerlo dentro de un período de tiempo razonable a través de cartas y reuniones presenciales?

La práctica del Derecho a nivel mundial, y en el Perú en particular, ha venido cambiado radicalmente en los últimos 20 años como consecuencia de (i) la globalización e incremento sustancial de la inversión internacional (las empresas extranjeras que invierten en el Perú esperan de sus abogados locales los mismos estándares de calidad y eficiencia que de los abogados en sus países), (ii) el desarrollo de la economía, y de la mano de ésta, la sofisticación de las transacciones, proyectos y operaciones comerciales o financieras realizadas, (iii) la especialización de los profesionales del Derecho como consecuencia de la brutal multiplicación de la regulación (y, con ello, la imposibilidad de que una sola persona maneje todo el sistema jurídico) y la creación de nuevas autoridades  gubernamentales especializadas (en los años de apogeo del “abogado de la familia” no existían la CONASEV, el INDECOPI, el CONSUCODE, PROINVERSION, la SBS, el Ministerio del Ambiente, OSIPTEL, OSINERG, entre tantas otras entidades), (iv) la institucionalización y consolidación de los “grandes” estudios de abogados, y (v) el desarrollo del internet, el uso del email (de forma conjunta con el uso de los denominados “PDAs”, como el blackberry) y el desarrollo de procesadores de texto y software como Acrobat (que junto con los scanners ya prácticamente han eliminado al fax como herramienta) y Deltaview (que en alguna medida ha acabado con la necesidad de revisar línea por línea cada documento en una negociación).

Lo anterior ha traído consigo que la figura clásica y romántica del “abogado de la familia”, refiera hoy en día a un grupo reducido de juristas muy renombrados y de una calidad profesional extraordinaria, cuya finalidad y posición en el mercado de servicios legales ha variado sustancialmente, pasando de ser los líderes del mismo (como figuras representativas de la práctica del Derecho) a fungir más como consultores especializados en materias de Derecho Civil, Constitucional o Penal (en muchos casos los mismos fungen también como cabeza de sus respectivos estudios).

Con lo anterior no pretendo desmerecer la consultoría en Derecho Civil, Constitucional o Penal como práctica del Derecho (todo lo contrario, considero que es una de las prácticas más interesantes y complejas que existen); sencillamente quiero sugerir que los factores antes mencionados han generado que esta práctica pase a ser una opción (la más parecida a lo que solía ser el día a día del “abogado de la familia”) dentro de las numerosas posibilidades existentes el día de hoy para el ejercicio del Derecho, como lo son el clásico ejercicio como litigante en Derecho Civil o Penal, la práctica de un tributarista especializado en auditoria, el ejercicio como funcionario en una entidad reguladora, el desempeño de un ambientalista en una ONG o la práctica de un abogado especializado en Derecho Mercantil (financiero, corporativo, etc.) en un estudio de abogados, por nombrar algunas.

Separación de la cátedra y la práctica: el catedrático que el estudiante de Derecho admira o lee, muy probablemente no sea el abogado que un cliente prefiera

Lo mencionado anteriormente ha tenido un gran número de efectos secundarios en la práctica del Derecho, tanto desde la óptica del abogado y sus clientes, como desde el punto de vista del estudiante de Derecho.

Lo primero y quizá más lamentable es que la incremental disponibilidad de herramientas tecnológicas y medios de comunicación, junto con el altísimo nivel de competencia en el mercado de servicios legales, ha generado que los clientes esperen no menos de un 100% de su abogado (en cuanto a dedicación, disponibilidad, eficiencia, manejo de tiempos, calidad de productos finales y trato), lo cual ha derivado en que cada vez sea más difícil que un profesional del Derecho le dedique mucho tiempo a la investigación académica y a la cátedra.

Lo anterior ha generado un deslinde respecto a la clásica concepción, propia de la época del “abogado de la familia”, de que aquel que destaca enseñando una materia de Derecho es necesariamente el mejor abogado en el ejercicio de la misma (énfasis en la palabra “necesariamente”).  Así por ejemplo, muchas veces un cliente “sofisticado” preferirá tener a su lado a un abogado experimentado y práctico al negociar un contrato (que sabe medir y asumir los riesgos legales reales de la ejecución del mismo), en lugar de un profesor de Acto Jurídico o Contratos, cuyo enfoque teórico puede incluso entorpecer una negociación al insistir en aspectos teóricos que en la práctica no tienen efecto real alguno sobre la transacción.

Un ejemplo claro de lo anterior se me presentó en el marco de la transacción de adquisición mencionada líneas arriba, cuando contactamos a un prestigioso abogado y jurista turco para efectos de que nos confirme la viabilidad de un esquema de garantía prendaria en Turquía (como garantía para el financiamiento de la adquisición), de manera que posteriormente redactase los documentos necesarios y coordinase su firma junto con el cumplimiento de las formalidades bajo ley turca. Transcurridos cinco días sin respuesta desde que le enviáramos el correo electrónico inicial solicitando que nos confirme si la prenda propuesta podía ser válidamente constituida en Turquía (lo cual como comprenderán es una eternidad en el contexto), recibimos una consulta de diez páginas (en formato PDF, debidamente  firmada y en papel membrete) en la cual explicaban los tipos de prenda en Turquía, sus complejidades, y cuáles eran los dos o tres esquemas que podíamos utilizar para nuestra transacción (lo peor de todo era que dejaban a criterio del cliente y de nosotros la elección de la prenda más conveniente).  Nunca más se contactó a dicho abogado para la transacción. El estudio de abogados que reemplazo a aquel prestigioso abogado y jurista turco respondió al mismo correo electrónico el mismo día que lo enviamos y de forma sumamente eficiente (su respuesta fue: “si se puede hacer, podemos tener los papeles listos en 48 horas. Muchas gracias por pensar en nosotros para este encargo. Sent from blackberry@ wireless”).     

Así, como consecuencia de lo demandante del ejercicio profesional el día de hoy, cada vez existen más abogados en el Perú que, por un lado, han optado por dejar la cátedra y la investigación jurídica (a pesar de mantener un interés o vocación académica) para dedicarse del todo al ejercicio profesional, y por el otro,  que han decidido dar prioridad a la cátedra y la investigación jurídica, optando por puestos que no demanden horarios complicados o limitando su ejercicio a la consultoría, la representación de clientes en litigios puntuales y/o a fungir como árbitros.  Evidentemente, este no es aún un fenómeno generalizado en nuestro país (todavía existen muchísimos abogados –dentro de los cuales me incluyo- que ejercen sus especialidades de forma muy eficiente y activa, si dejar de lado su vocación académica); sin embargo, cada día vemos más ejemplos de lo anterior entre los profesores que destacan en las mejores facultades de Derecho y los socios de los estudios más prestigiosos de nuestro país.  

Lo anterior puede sorprender a algún lector (imagino que particularmente a los estudiantes de Derecho), que probablemente piense que esta tendencia es algo inconcebible que debemos buscar evitar a toda costa (lo cual consideramos deriva precisamente de la concepción romántica del abogado “todista”, rezago de la época del “abogado de la familia”). Sin embargo, debemos advertir al lector que esta tendencia (i) viene siendo generalizada alrededor del mundo desde los años 80´ –para bien o para mal-, (ii) sólo es una consecuencia lógica del crecimiento económico de un país, junto con todos los factores de cambio mencionados anteriormente, y (iii) es defendida por abogados y juristas en muchas jurisdicciones, bajo el argumento que un verdadero jurista e investigador del Derecho únicamente podrá desarrollar su conocimiento y cátedra en la medida que realmente tenga tiempo para dedicarse a ello (encontrándose actualizado en las novedades de su rama, preparando su cátedra semana a semana de forma minuciosa, atendiendo a las curiosidades y esfuerzos académicos de sus alumnos, corrigiendo trabajos y exámenes a conciencia y con el mayor detalle posible, etc.).

Institucionalización de la práctica: cuando alguien pregunta “¿quién es el abogado que manda en ese estudio?” y la respuesta es, “el voto colegiado de la junta de administración compuesta por 5 socios senior

La institucionalización de los “grandes” estudios de abogados ha llegado finalmente al Perú.  A diferencia de lo que ocurría apenas hace 20 años, hoy en día los estudios usualmente considerados como “los mejores” buscan, de forma casi obsesiva, la institucionalización de su organización y la consolidación de su marca, a efectos de lograr mantener su prestigio en el tiempo sin perjuicio de los abogados que integren su práctica.

Años atrás, cuando los despachos de los “abogados de la familia” eran el paradigma de la prestación de servicios legales en el Perú, el problema que solía presentarse era que una vez que el “abogado de la familia” líder del correspondiente despacho fallecía o se retiraba, los demás abogados que integraban el mismo difícilmente podían mantener el prestigio de su práctica y/o retener a los clientes originalmente aportados por el “abogado de la familia”.

Considero que el punto de quiebre respecto de lo anterior se inicia con la necesidad del “abogado de la familia” de incorporar abogados jóvenes de primer nivel y especializados a su despacho para cubrir las necesidades de sus clientes -conforme crecía la economía y se incrementaba la regulación-, quienes con el tiempo se percataban del riesgo referido en el párrafo anterior, y habiéndose vuelto necesarios para la práctica del “abogado de la familia”, exigían mayor exposición a sus clientes.

Todo ello devino en la eventual necesidad de los estudios por establecer estructuras que les permitan subsistir como instituciones a través del posicionamiento de su marca, de manera que puedan sobrevivir la partida de sus socios (como lo son la constante exposición de sus abogados a los clientes del estudio, la toma de decisiones a través de órganos colegiados, el establecimiento de una línea de carrera para llegar a ser socio, entre muchas otras). Así, tenemos que estudios peruanos muy reconocidos y con trayectoria han logrado mantener su status quo a través de los años a pesar de haber sufrido el fallecimiento de algunos de sus socios más importantes o su partida a estudios rivales, por ejemplo.

Ideas finales

Finalmente, así a muchos abogados en el Perú les guste que se les llame “doctores” (a pesar de que muy pocos entre nosotros ostente el título de Doctor en Derecho) y que se les trate con un respeto particular, los abogados no somos más que proveedores de servicios (que si bien pueden ser bastante complejos en determinadas oportunidades, finalmente siguen siendo servicios), por lo que el éxito de nuestra práctica profesional siempre dependerá de la calidad de los mismos y de nuestra consecuente capacidad para mantener contentos a nuestros clientes.

La agrupación de abogados en grandes instituciones organizadas (es decir, los denominados “grandes” estudios) permite que sus integrantes se distribuyan en áreas de práctica de especialización, permitiendo que un abogado en particular maneje “mejor que nadie” la rama del Derecho a la que se dedica, para el beneficio de sus clientes.  Ello, permite que cualquier consulta pueda ser rápidamente canalizada al especialista que mejor maneja la rama particular del encargo dentro de la organización, sin necesidad que el abogado que recibe la consulta se ponga a estudiar áreas del Derecho que desconoce y que no podrá aprender al nivel del especialista de forma rápida para servir mejor a su cliente (no resultaría eficiente ni beneficioso para un cliente que un abogado especialista en regulación bancaria absuelva una consulta laboral).

Lo anterior, genera o permite que nuestra práctica sea hoy en día similar a la de un médico, en el sentido de que un cardiólogo puede –y debe- tener una idea general de todo el cuerpo humano y de la medicina en general, pero si le pides que te extirpe un tumor cerebral, probablemente responda que no sabe cómo y que debes buscar a un especialista.

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3 comentarios

  1. CARLOS HERNANDEZ dice:

    Muy interesante y cierto lo que se describe de lo que debe ser el abogado hoy en día; lastimosamente aun existen universidades nacionales y privadas que no tienen un esquema definido de´los especialistas en Derecho que forman, dejando que sea el propio alumno quien lo haga; pero muchas veces no recibe mucha ayuda académica en sus aulas que poco o nada sirve saber de todo un poco y a la vez nada…Sólo creo que faltó algo que añadirle al artículo, el abogado oferta un servicio y por lo tanto el marketing debe ser su propia sombre a donde vaya, pues sin eso y sin contactos, ni la propia familia te buscará….

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  2. Oliver Petrov dice:

    De acuerdo con la gran mayoría de lo dicho por el autor, sin embargo, creo que el aporte (en las facultades de derecho) de aquellos abogados que ejercen Derecho al mayor nivel es necesario para los estudiantes de Derecho.

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  3. Muy interesante tu artículo Thomas.
    Creo que quien necesite un abogado para que le brinde un servicio legal en particular, debería tener cuidado de contratar a uno “sofisticado, práctico, que maneje herramientas de informática y que no tenga tiempo para investigar” porque además de costoso, le podría dar una solución tan ligera como perjudicial.
    Los especialistas tienen como imperativo investigar en su especialidad, y ser pragmáticos pero a la vez muy sólidos al momento de dar soluciones.
    Creo que la práctica profesional de los grandes estudios en el futuro devendrá en alianzas de estudios especializados en diversas materias -”estudios boutique”-. La especialidad, como se sabe, es un intangible muy valioso.
    Así como cambió la práctica del “abogado de la familia”, la actual forma de organización de los estudios de abogados también mutará.

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